En
2010 recibí un encargo profesional para presentar un dossier sobre la profesión
enfermera. Este encargo fortuito dio lugar a mi publicación La enfermería
frente al espejo: mitos y realidades (Fundación Alternativas, 2010) en la cual
mezclaba mis dos almas profesionales: la investigadora y la consultora. Quiero
decir que no se trataba de un texto meramente descriptivo o neutral, sino que
también me atreví a dar una serie de pistas para que la profesión pudiera
debatir y progresar frente a un inmovilismo radical de sus élites
profesionales.
Naturalmente,
algunas de mis proposiciones disgustaron a estas élites, pero pude debatir
intensamente con la profesión, en artículos, posts y redes sociales y presencialmente, en decenas de conferencias
y mesas redondas a lo largo de todo el país. Hasta que se acabó la
diversión: llegó el comandante y mandó a parar: el Consejo General
enfermero interpuso una querella penal contra mi persona por injurias y calumnias y aunque fui absuelto en instancia y en apelación, dio sus resultados, ya que –aparte de los costes de defensa– me expulsó del debate y,
así, las aguas volvieron a su cauce. Que todo quede en casa es muy
importante para las élites que intentan secuestrar el sentir y el pensar de la
profesión. De hecho, en la vista oral de juicio el presidente enfermero pidió a
la magistrada que no me dejara opinar con el argumento de que «ni siquiera
es enfermero.»
Haciendo
balance, creo haber aportado bastante a las enfermeras y a su profesión durante
estos años, haber avivado un debate que solo con aportaciones
internas hubiera sido mucho más limitado, menos autocrítico y más repetitivo
del argumentario oficial.
Como verán, por lo anterior, tengo gran experiencia personal para hablar sobre el gran temor de las élites profesionales a la entrada de intrusos que aporten una mirada externa, limpia y libre de sesgos en los debates internos. Es cierto que el de la enfermería en aquellos años se trababa de un caso extremo de corrupción y matonismo que no se da –¡espero!– en otros gremios, menos aún en el que voy a traer a escena a continuación.
Por
otra de esas casualidades, hace unos 15 meses recibí otro encargo profesional que
me introdujo en una profesión bastante ignorada para mí –la profesión médica la
tenía más que estudiada desde años antes, por ejemplo–: la profesión farmacéutica; en concreto, los farmacéuticos comunitarios (los profesionales
que trabajan en las oficinas de farmacia, para quienes no estén familiarizados
con esta terminología, adoptada en casi todo el mundo y que por aquí parece molestar bastante). Al sumergirme por vez primera en el tema encuentro materia muy interesante para un sociólogo de las profesiones y decido
profundizar, dedicando buena parte de esos cinco o seis meses a lo que
considero un ámbito de estudio inspirador. No solo por motivos intrínsecos –se trata de un objeto de estudio fascinante: el alma de investigador–, sino también extrínsecos –la detección de unas dinámicas un tanto endiabladas para todos los agentes directa
o indirectamente implicados: el alma de consultor–.

Aquel
libro obtuvo muy poco alcance (excepto entre las organizaciones enfermeras), lo
cual es posible que le proporcionara, en aquel contexto fratricida, un cierto
halo de informe pro-enfermero y, por tanto, anti-farmacéutico. Nada más lejos
de la realidad, pero lo cierto es que, desde un punto de vista comercial –recuperar,
y a ser posible rentabilizar, la importante inversión realizada–, aquello fue un desastre.
Pero
como dicen que el humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma
piedra, cuando mi editora me sugiere actualizar la segunda edición “a ver si así
funciona mejor”, lo que hago es pedirle un mes… que se convierten en cuatro. Y hace
un par de semanas lanzamos Atención Farmacéutica en España. Agentes,
estrategia y políticas. En este tiempo he podido bucear algo más en las
relaciones con el entorno sanitario y, sobre todo, obtener más conocimiento
sobre la evolución histórica de la farmacia comunitaria, en España y también
internacionalmente.
La
conclusión fundamental del dossier es que la estrategia del lobby de la
atención farmacéutica (AF) está profundamente equivocada y puede resultar dañina; sobre
todo para la propia farmacia comunitaria, pero también para las políticas
profesionales cooperativas y en definitiva para el propio sistema de salud. Estoy
(intelectualmente) convencido de que un rol extendido de las farmacias dentro
de sus áreas de conocimiento y expertise sería importante para el
Sistema Nacional de Salud, para los ciudadanos y también para los propios
farmacéuticos; pero también de que el mantra estratégico de una AF voluntaria
y retribuida, si bien parece funcionar como gancho interno porque
promete mucho a cambio de poco, es inviable en términos sanitarios, sociales y
financieros y además resulta incompatible con la defensa a ultranza del modelo
español de farmacia comunitaria que parece asumir la mayor parte de la profesión.
Desde
un enfoque meramente empírico, la evidencia de que en los últimos años no se ha
avanzado mucho (más allá de declaraciones retóricas) en la hoja de
ruta marcada en el Documento de Consenso de 2008 y refinada en la Declaración de Córdoba de 2014 recomienda no seguir insistiendo acríticamente en una
estrategia tan frustrante.
Para
muestra, unos reciente botones: solo en el último año la farmacia comunitaria ha
visto convertirse lo que parecía todo un camino de rosas en uno solo de espinas, con cinco proyectos, todos ellos importantes, claramente frustrados.
Las leyes de farmacia de Madrid
y Galicia,
presentadas como punta de lanza del movimiento de la AF –un intento de
desbordar el estrecho marco normativo estatal por la vía de los hechos, con la complicidad de algunas administraciones autonómicas–, se han
quedado, simplemente, en nada (y en el caso de Madrid con el coste
añadido de una seria fractura entre el Colegio de Madrid y el Consejo General). Por lo que respecta a Galicia, la transformación, a muy última hora y sin avisar, de que a determinados pacientes «se les podrá presentar una atención farmacéutica domiciliaria» por «podrán serles dispensados medicamentos en su domicilio, con entrega informada» recuerda a lo que sucedió con el decreto de 'prescripción enfermera' en 2015.
También
se frustró el prometedor Decreto valenciano que regula la concertación de servicios profesionales farmacéuticos asistenciales, simplemente por
la inclusión de una subordinada («dentro de las definidas en el
artículo 86 del Real decreto legislativo 1/2015, de 24 de julio, por el que se
aprueba el texto refundido de la Ley 29/2006, de 26 de julio, de garantías y
uso racional de los medicamentos y productos sanitarios, y demás normativa
aplicable»). Rectificación in extremis que, por cierto, no ha impedido que los consejos General
y Autonómico
de Enfermería hayan recurrido la norma (como también el sindicato CSIF.)
Añadamos
dos asuntos más, uno simbólico, claramente político el otro.
El
primero es el caso de El Boalo, que se había convertido en todo un símbolo de la AFD, donde la Comunidad de Madrid suspendióun convenio mediante el cual la farmacéutica titular prestaba servicios asistenciales; la frustración del colectivo profesional fue patente y las reacciones, no exentas de una demagogia impropia de ciertos titulares: «¿Quién se ocupará ahora de las
personas muy mayores de El Boalo? En El Boalo hay 6 personas mayores de 85 años
que no existen para algunos partidos de la Asamblea de Madrid».
El
segundo es la redacción final del Marco estratégico para la atención primaria y comunitaria aprobado por el Consejo
Interterritorial del SNS y publicado por el Gobierno en el BOE del 7 de mayo pasado, que supone un refuerzo de los farmacéuticos de atención primaria frente al papel subordinado de la farmacia comunitaria, reconocida como agente muy de de pasada, con una sola mención en sus seis líneas estratégicas, 23
objetivos y 100 acciones: «La farmacia
comunitaria puede desarrollar su papel de agentes de salud, en coordinación con
los y las médicos/as, enfermeros/as y farmacéuticos/as de los EAP, para
favorecer un mejor uso de los medicamentos».
No
es muy difícil, si uno emplea el tiempo, documentación y neuronas suficientes y procura atender a los hechos, antes que a las emociones,
darse cuenta de que el Foro liderado por el CGCOF y la SEFAC está
siguiendo una hoja de ruta absolutamente errónea que no ha permitido ningún
avance significativo en diez años en la senda de la atención farmacéutica
asistencial y los servicios profesionales farmacéuticos asistenciales. A pesar
de los ingentes recursos, esfuerzos y empeños de sus protagonistas. Frustración
que es expresada, con desesperación y melancolía, por ellos mismos: «No podemos seguir haciendo pilotos y que nos sigan acusando de intrusos».
Ahora
bien la alternativa que tiene el Foro es continuar diciendo –y vendiendo al
colectivo profesional– que los malos son los otros; que es por culpa de los
otros que la farmacia asistencial no avanza; que por algún motivo sospechoso
–en un sector donde lo sospechoso acostumbra a estar a este lado del río– la
administración no nos escucha y hace más caso a los otros. Y que
nosotros, con nuestros pilotos y nuestros stands, seguimos haciendo
profesión.
Entiendo
que no es fácil aceptar que venga alguien de fuera y te ponga frente al espejo
de una realidad que no tiene nada que ver con el discurso oficial. Es cierto
que todo esto molesta. Que desde dentro de la profesión no se dicen así las
cosas, que se adornan, se suavizan y se empatizan. Pero, aun simpatizando con
esta profesión tan fundamental en las políticas de salud (y sociales), creo que es mucho más importante que los
farmacéuticos puedan conocer otra visión, documentada y argumentada, porque en
mi caso es un relato basado en pruebas, no en deseos (ni positivos ni negativos). Y, en este campo, el del estudio de las profesiones sanitarias, no soy precisamente un mindundi, sino un referente (con perdón por la inmodestia.)
De
ahí que el método de distribución pensado para el dossier fuera de carácter
corporativo, de manera que las entidades corporativas y científicas (colegios y sociedades) pudieran
entablar un diálogo o debate con sus representados. Una propuesta ingenua,
claro, pero congruente con el propósito de la obra y con las convicciones del autor. Como cabía esperar, el dossier
–el nuevo, como el anterior– no lo ha comprado hasta la fecha, para distribuir a sus colegiados, ni uno solo de los 52 colegios. Ello responde en la mayoría de los casos, sin duda, a instrucciones o políticas emanadas explícitamente desde la cúpula institucional. Y estas instrucciones
llegan hasta los medios de información del sector, a los que se “recomienda” no prestar presencia –incluso cancelando entrevistas programadas– al dossier ni al autor.
Y
que, aunque lo mas habitual es que los responsable de los colegios pretendan no darse por enterados –en
ocasiones dando las gracias amablemente, incluso descolgando el teléfono, pero diciendo que ‘no interesa’, sin más–, a veces sí
dejan traslucir sus percepciones.
Entre
el proteccionismo…
«Consideramos que disponemos de suficientes fuentes de información en materia de atención farmacéutica para resolver las cuestiones planteadas por nuestros colegiados.»
…
y la pasivo-agresividad:
«No nos interesa gente ajena al sector que venga a decirnos lo que tenemos o no tenemos que hacer.»
Así que, aunque no pensábamos la editora y yo que fuera necesario porque comprar una licencia para los cientos o miles de colegiados le hubiera costado a cada colegio menos de lo que gastarán 20 de ellos cuando compren esta licencia individual, hemos activado la distribución minorista. Si
les interesa acceder al dossier, pueden hacerlo (por 24 €) siguiendo
este enlace para el pago con tarjeta o PayPal:
(Si
prefieren realizar el pago mediante transferencia bancaria, en este enlace tienen las instrucciones).
Sin
duda estará contribuyendo a compensar, como sucedió en el caso de la profesión
enfermera, nuestra aportación profesional para ampliar la base de conocimiento
sobre el tema y para intentar que las élites profesionales no secuestren un debate
más que necesario (y urgente), simplemente para no reconocer que existen
aspectos en los que se están equivocando.
Muchas
gracias.
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