viernes, 20 de marzo de 2015

El espíritu de la colmena (segunda parte)

Terminé la primera parte de esta entrada (cuya lectura debería preceder a esta segunda, creo) expresando mi perplejidad ante el hecho de que una profesión (la enfermería) tan fragmentada y con unas formas de cooperación absolutamente inapropiadas (por desproporcionadas en los inputs e ineficientes en los outputs) no se deshaga en mil pedazos y las abejas recolectoras acaben siempre por volver a la colmena, no importa lo lejos que hayan llegado en sus incursiones individualistas en busca de materias primas.

No lo hacen, como a veces se escucha o se lee, atemorizados por la autoridad, ni siquiera persuadidos por su liderazgo, de la abeja reina, cuya labor empieza y acaba en engendrar nuevas abejas; ni tampoco por la existencia de una policía que arreste a los desertores antisistema. No: es el espíritu de la colmena, “ese espíritu todopoderoso, enigmático y paradójico al que las abejas parecen obedecer, y que la razón de los hombres jamás ha llegado a comprender”.

En el caso de las enfermeras, el espíritu de la colmena está telúricamente conformado a partir de un sistema cultural, ideológico y afectivo basado en unas señas de identidad muy cerradas y muy bien descritas que definen en qué consiste ser, cómo debe comportarse, y hasta qué debe sentir, una buena abeja. Faltar a ese código sagrado supone, más allá y más eficazmente que cualquier código deontológico, ser desposeído de la cualidad de abeja, denegado el acceso a la colmena y condenado a errar por el inframundo biomédico.

Lo jodido de este código es que obliga, no a ser una buena enfermera, sino una auténtica heroína cada minuto de cada día de trabajo: es “lo que se espera” de ti, una forma de colectivismo que es grabado a fuego en las escuelas y facultades de enfermería y que pretende gobernar, no solo conductas, sino también valores, actitudes y sentimientos íntimos. Me decía una enfermera (especialmente condenada, por las características de su puesto de trabajo y de sus pacientes, a este rígido código) que al escuchar mi visión crítica sobre este rígido código personal sintió un gran alivio: alivio porque cuando no conseguía estar a la altura de lo que se esperaba de ella o se descubría a sí misma “sintiendo inapropiadamente” ante un paciente (asco, impaciencia, hartazgo, irritación, quizás solo indiferencia…) se sentía sucia. Aunque lo pareciera por fuera, por dentro sabía que no estaba siendo ese ángel que le enseñaron a encarnar y que estaba mancillando algo sagrado.

Mi tesis, creo que suficientemente conocida, en su momento revulsiva, pero hoy bien metabolizada hasta parecer irrelevante o divertida (“cosas de sociólogos”), es que todo esto es muy dañino para el 90% de las enfermeras. Sin duda conviene a algunas élites intelectuales y corporativas que hacen chantaje a la sociedad y al poder a través del uso manipulador del coraje y la entrega de decenas de miles de enfermeras asistenciales, apropiándose de su labor y creando el discurso tópico: “somos” la columna central del SNS porque “estamos” 24 horas al día, 365 días, al año, junto al paciente; pero ello ni “son” nada ni, mucho menos, “están” nunca (ni se los espera).

Escribí (en puridad, resumí lo que escribieron otros) hace cinco años:
No parece fácil, como señala Nelson (2007a), que la ideología enfermera hegemónica favorezca la existencia de otros discursos más pragmáticos o utilitaristas, a los que se reconociera también la etiqueta de propiamente enfermeros y no de meras desviaciones medicalizadoras. Lo paradójico es que mientras se admite como normal que un médico trate de mejorar su posición y sus rentas en el mercado de trabajo, las opciones individuales que persiguen lo mismo dentro de la enfermería resulten condenables: “La opinión de que es imprudente, poco ético o ‘antienfermero’ tratar de ascender en las escalas retributivas implica retrotraer a la enfermería a mediados del siglo XX, cuando la vocación era el incentivo por excelencia para ser enfermera y el servicio era su única recompensa” (Cutcliffe y Wieck, 2008:506).

Y concluí (esta vez, yo sí):
Muchas enfermeras piensan que el nuevo horizonte profesional que le ofrece una enfermería de práctica avanzada sólo es posible si renuncian a unas señas de identidad trabajosamente construidas y en torno a las cuales se articuló una ideología enfermera que funcionó perfectamente como instrumento básico de socialización de las nuevas generaciones en los valores tradicionales con un fuerte componente humanitario y social. Pero, al tiempo, cada vez más enfermeras sienten que no deberían renunciar a un papel más cualificado, independiente y visible, ni al progreso de sus carreras profesionales y sus niveles retributivos. Es decir, que piensan que es posible convertir a la enfermería en una profesión, ni dependiente ni independiente, sino interdependiente y respetada en sus roles y funciones específicos, sean éstos competencias médicas delegadas o desarrollos propios de la enfermería.

Aunque "haberlas, haylas" no creo que sean muchas las enfermeras que discrepen de la necesidad de avanzar hacia roles expandidos de la profesión; el problema es que sí hay muchas/os, y entre ellas algunas/os de las/os más influyentes, que están absolutamente convencidas de que esta vía de progreso es compatible  -“tiene que serlo"-  con la preservación a ultranza de (in)ciertas “esencias enfermeras” y con el sostenimiento de la antorcha de la humanidad como rasgo distintivo fundamental de la profesión. Bueno, sí, hay algunos “médicos de primaria” (o de paliativos o que escriben en periódicos o que tienen blogs) que también tratan de sostenerla pero el 99% del peso descansa sobre hombros enfermeros. "Los médicos", claro, están encantados con que sean otros (otras, mejor aún) quienes perpetúen el rol de madres, monjas y ángeles, dejándoles a ellos libre todo el escenario para su sobreactuada encarnación de La Ciencia. Véase "la crisis del ébola" como subdivisión del cielo en sus dos mitades: La Ciencia, o sea nosotros; y La Humanidad, o sea las enfermeras (y quien quiera, bienvenidos; no se pide gran cosa, solo buenas intenciones y palabras bonitas).

Me temo que el gran reto, ahora, es humanizar la enfermería. Sí, claro, quiero decir hacerla más humana, ¿qué si no? Quitarle las alas de ángel de misericordia y dejar de pasear por las escuelas y facultades de enfermería el cadáver embalsamado de Florence Nightingale. Acabar con la extraordinaria manipulación que supone esa impostada historia de la enfermería que se ha constituido en su Historia Sagrada, empezando por la pretendida creadora de la profesión, para la cual ideas como compasión o humanidad son algo totalmente ajeno a la formación y la praxis de una enfermera: obediencia ciega y amor por Dios, expresado en los enfermos (que son un medio, no un fin), es todo lo que necesita. El all you need is love se inventó casi un siglo después, tras las dos grandes guerras del Siglo XX.

Decidir, como en el visionario artículo de Suzanne Gordon y Sioban Nelson, An end to angels, que ha llegado el momento de decir adiós a la metáfora de los ángeles como representación más anhelada de las enfermeras, dar el finiquito al guión de la virtud y decidir avanzar hacia una nueva identidad enfermera basada en el conocimiento.

Circula por la red social Twitter un hashtag o etiqueta (#alertaATS) que difunde y denuncia la supervivencia de la terminología arcaica "ATS" en medios de comunicación, empresas y  -¡ay!- administraciones públicas, para referirse a las enfermeras/os. Es increíble la robustez de la pegajosa denominación/figura, creada en los primeros cincuenta y disuelta en los últimos setenta del siglo pasado, es decir, con una vida de solo 25 años. Pero creo que hoy en día es más importante y beneficioso difundir el hashtag #AlertaÁngeles; aunque me temo que eso tardará en llegar porque aún hoy, cada vez que un testimonio, un artículo, un vídeo... emplea el término "ángeles" para agradecer su trabajo a las enfermeras se escucha alto y claro en las redes sociales el aleteo satisfecho, casi feliz, del enjambre. Yo mismo he compartido en alguna ocasión contenidos de esta peligrosa índole, pero he decidido que es dañino y me declaro, en este exacto momento, objetor: prometo solemnemente no compartir nunca más la pegajosa y remilgada metáfora.




Esta posición y su expresión, casi enojada  -desde fuera quizás se ven más nítidas, más evidentes, las cosas-,  no es ideológica, sino pragmática: esta metáfora del espíritu de la colmena está profundamente relacionada de manera causal con los problemas de crecimiento y avance de la Enfermería (como profesión y como disciplina) y de las enfermeras. No es el único, pero sí uno de los problemas críticos.

Existen dos dimensiones (complementarias) por las cuales sería preciso mandar a un muy segundo plano este "guión de la virtud". Una de carácter interno y otra, externa. Hablaré en esta segunda entrega de la primera de ellas y dejaré la segunda para su continuación.

La de carácter interno es que este entorno de desempeño profesional, dominado por "una relación terapéutica emocionalmente íntima con los pacientes" (Allen, 2004: 279) que conlleva la (auto)exigencia de ser mucho más que una mujer o un hombre (un ángel), es realmente agotador y muchas enfermeras y enfermeros, que con los años descubren que son solo humanos, llega un momento en que se sienten exhaustos y no pueden más.

En todas las profesiones existen personas con mayor y con menor vocación, motivación y gusto por la tarea bien hecha. Pero en la mayoría, no pasa nada cuando llega el desencanto; un cirujano desmotivado, si la organización para la cual trabaja es medianamente sensata en sus políticas internas, puede realizar perfectamente su trabajo; por no hablar de un bombero, un funcionario del servicio de empleo o incluso un trabajador social. No serán los mejores, probablemente, pero sí cubrirán los mínimos estándares profesionales.

Pero para una enfermera... no es tan sencillo. Tiene que despersonalizar a las personas a las que atiende, que en su mayoría están en situaciones física, emocional y socialmente muy complicadas y con un alto grado de dependencia, especialmente en sitios como hogares, hospitales o centros sociosanitarios.

Sin esa despersonalización es imposible explicarse las terribles situaciones que describen, por ejemplo, el conocido como Informe Francis, en el Reino Unido, o, a escala mucho menor, pero más cercana, lo que algunas enfermeras españolas denuncian en blogs, redes sociales y foros (ver por ejemplo esta entrada que resume  -y enlaza-  otras tres) y que entre otras muchas aportaciones posteriores ha dado lugar a la campaña #YoNoPaso. (Perdón por no citar todas las aportaciones, pero creo que a través de estos pocos enlaces se puede acceder a las más relevantes.)

Cuando la mente te lanza ese "¡basta!" lo normal es huir de esta relación emocionalmente agotadora; si puedes (y sabes y quieres), dirigiendo tu actuación hacia áreas emocionalmente mucho menos exigentes pero intelectualmente vivas, como la docencia o la gestión; y si es que no, es solo cuestión de tiempo hasta que puedes trasladar tu plaza a un destino más cómodo (antiguamente eran los llamados "servicios centrales" hopitalarios, rayos, laboratorios, extracciones...; hoy, sobre todo, son los centros de salud, como tan bien saben la gran mayoría de enfermeras comprometidas de estos y similares centros) y convertirse en esas enfer-mesas que con tanta zafiedad como poca cabeza fueron generalizadas por el trastorno obsesivo compulsivo del ingenioso creador del término).

Pero si esa quiebra afectiva y moral sucede antes de que puedas emigrar a esos destinos... entonces estamos perdidos porque una enfermera hostil hacia su propio trabajo y hacia los pacientes es un arma de destrucción masiva en forma de bomba de racimo que esparce inhumanidad por todos los destinos por los que pasa (que suelen ser muchos).

Cualquier llamada a la humanidad o a la responsabilidad cae en el vacío. Porque en realidad han roto emocionalmente con el espíritu de la colmena y, o han abandonado el enjambre o se han convertido en zánganos, esas abejas malcriadas e indolentes que se aprovechan del esfuerzo de las obreras, se apropian de los mejores nutrientes y descansan en las celdas más amplias, limpias y ventiladas de la colmena. Y no son recuperables. Y hacen un daño enorme a las enfermeras que luchan día a día por sacar la cabeza para ser visibles y sentirse orgullosas de su profesión.

Solucionar este grave problema, que además del daño interno ayuda a que desde fuera, especialmente los médicos pero también los gestores, se descalifique al conjunto de la profesión, es muy difícil y desde luego nada solucionan exhortaciones emocionales y campañas morales (más de lo mismo) porque estos profesionales se han desligado emocionalmente de un enjambre en el que lo emocional lo rodea y define casi todo. Es un punto que suele ser de no retorno, porque no se cambian conductas si no se cambian actitudes; y no se cambian actitudes si no se cambian valores. Y no se cambian valores si no se producen cambios reales y trascendentes en el entorno. Y estos no pueden producirse cuando existe un entramado cultural especialmente centrado en la preservación y no en la evolución.

Algo que quienes, sin ser sanitarios, nos movemos por el mundo de las profesiones sanitarias, conocemos muy bien: basta que en un centro de salud aparezca uno de estos zánganos consentidos para que: a) el resto de las obreras sientan la tentación de ir equiparando su nivel de esfuerzo con el de este estándar nefasto; b) los otros profesionales acaben describiendo a las enfermeras a partir de esta figura y afirmando que las enfermeras de atención primaria son enfer-mesas (¡todas!) y que no están preparadas para asumir responsabilidades.




La segunda faceta, complementaria, de carácter esta vez externo, tiene que ver con el chantaje emocional al que tan sencillo es someter a unas enfermeras/os que han sido socializadas en culturas en las cuales el paciente está por encima de todo lo demás, incluida la propia persona. Completando la frase de Davina Allen de la que extraje el entrecomillado anterior:
No resulta sorprendente que a las propias enfermeras les resulte muy difícil expresar qué es lo que hacen. Parte del problema reside en la falta de congruencia entre lo que es el trabajo de enfermera en la vida real y la misión ocupacional de la profesión, con su énfasis en una relación terapéutica emocionalmente íntima con los pacientes. No sólo produce unas expectativas exageradas con respecto al trabajo, sino que no sirve para proporcionar a la enfermería una base de conocimiento y un lenguaje con el cual expresar qué es lo que realmente hace. La falta de congruencia entre la cultura e ideales enfermeros y las restricciones del entorno de trabajo es una fuente crónica de insatisfacción profesional.
Esta falta de una narrativa propia, bien asentada y compartida, para explicarse y explicar el importante lugar que ocupan las enfermeras en el mundo y el enorme valor añadido que supone su trabajo a las organizaciones sanitarias, más allá de su incondicionalidad con el paciente y su rol de conector de recursos, es una de las causas fundamentales que hacen posible el "chantaje emocional" al que me refería un poco más arriba.

Pero esto lo desarrollaré en una tercera entrega. Gracias por haber llegado hasta el final de esta larga entrada.


jueves, 12 de marzo de 2015

Mi homenaje a Luis Ángel Oteo (y tal vez a toda una generación)

El pasado día 11 de marzo tuvo lugar, en la Escuela Nacional de Sanidad, un homenaje a Luis Ángel Oteo Ochoa, con motivo de su jubilación. No me fue posible acudir al acto, pero como soy amigo  -y fan- de Luis Ángel desde hace... uffff... muchos, muchos años, quise enviarle una carta que hoy querría reproducir.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Los desemprecarios (o Spain is different)

Querido lector, a quien supongo  -y en su mayoría, lo será sin duda-  un buen conocedor de la enfermería española: si yo le pregunto cuál cree que es el rasgo o característica de la Profesión Enfermera española que la hace claramente diferente de la de todos los demás países de nuestro entorno socio-económico-cultural, ¿cuál diría o sugeriría que es ese hecho diferencial?

martes, 20 de enero de 2015

El Espíritu de la Colmena (primera parte)

Esta entrada, que ya anuncio larga, aun dividida en dos partes, desarrolla algunos contenidos de dos recientes intervenciones públicas y que nunca había puesto por escrito. Ya aviso que es para leer con calma, al menos con tanta como la que yo he utilizado para escribirla a lo largo de dos semanas...

martes, 13 de enero de 2015

En mi bog de guerrilla: "Carta abierta al Sr. Ministro de Sanidad"

En mi otro blog ("mi blog de guerrilla", como yo le digo), he publicado una carta abierta al Ministro del ramo con motivo de la previsible aprobación mañana, en el Consejo Interterritorial del SNS, de la celebración de una Conferencia sobre los problemas de la enfermería. Como se corre el riesgo de que la organicen precisamente los principales causantes de esos problemas (los sucesivos ministros/as de sanidad y la autodenominada Mesa de la Profesión Enfermera, formada solo por el Consejo General de Enfermería y el Sindicato de Enfermería-Satse, que llevan en el machito más de 25 años... y así le ha ido a la profesión), vamos a ver si hacemos algo de ruido...

Este es el enlace a la carta: "Al Sr. Ministro de Sanidad".


jueves, 18 de diciembre de 2014

#EnfermeriaCura

Me van a perdonar si esta entrada suena pedante o auto-reivindicativa, pero es en todo caso obligada para ayudarnos a todos a entender algunas cosas que no pocos miles de mentes profesionales obtusas, en una y otra orilla, no acaban de entender: que la enfermería es parte del equipo asistencial, no solo como una de las patas diferenciadas de la camilla, sino de verdad: los cuidados de enfermería forman parte de la atención médica, de la misma manera que la atención  médica es parte esencial de los cuidados a los pacientes. Sin olvidar otras importantes aportaciones profesionales, por supuesto.