martes, 9 de julio de 2019

« Atención Farmacéutica en España. Agentes, estrategias y políticas »

Ya está disponible para su venta a particulares el primer informe general independiente sobre el movimiento de la Atención Farmacéutica en España. Su PVP es de 24 euros y puede ser adquirido con tarjeta de crédito/débito o PayPal pinchando sobre este enlace.
Si se prefiere la compra mediante transferencia bancaria, los detalles los pueden encontrar pinchando sobre este otro enlace.

Nota.- Esta licencia es para uso estrictamente particular. Si desea adquirir una licencia corporativa, que permite compartir el documento dentro de su organización (colegios, asociaciones, administraciones), por favor envíe un correo a edicioneslabucanera@gmail.com y se le informará sobre el procedimiento y precio.


Dado que la inmensa mayoría de los colegios de farmacéuticos (47 de 52) han rehusado adquirir una licencia corporativa para distribuir este informe independiente entre sus colegiados, la editora ha decidido, a diferencia de otras ocasiones, abrir el documento para que pueda ser adquirido a título particular.
¿Por qué creemos que todos los profesionales sanitarios, de manera muy especial los farmacéuticos, deberían poder tener acceso a este documento? Por al menos tres razones:
  • En primer lugar, por su enorme valor como fuente de información. El documento, de casi 200 páginas, tiene 335 notas a pie, 326 de las cuales hacen referencia a documentos; en concreto, 11 textos legales, 66 noticias o notas de prensa, 100 documentos técnicos –55 nacionales y 45 de otros países– y 149 referencias bibliohemerográficas, 33 españolas y 116 internacionales. Información, además enormemente actualizada; de las 249 referencias a documentos y artículos, 83 fueron publicados en 2018-2019; 88, entre 2015 y 2017; 54, entre 1010 y 2014; y las restantes 24, con anterioridad (por lo general, bastante anterioridad, porque son referencias básicas en sus respectivos campos). Es decir, que la inmensa mayoría de esos 250 textos (el 90%, para ser exactos) se ha publicado en el último decenio.
Pero lo más importante es que todos y cada uno de los 326 documentos citados están enlazados para su consulta o descarga directa con un solo clic en su dispositivo electrónico de preferencia. De ahí que la distribución este documento, tal y como está concebido y para que pueda ser aprovechado todo su potencial, solo tenga sentido en formato electrónico; no obstante, está perfectamente maquetado para su impresión, también con solo un par de clics, para aquellos lectores que se sientan más cómodos leyendo en papel, pero sin perder el acceso a los enlaces del fichero/documento electrónico.
Todos los artículos, salvo los más antiguos no indexados, llevan incorporado el DOI (digital object identifier = identificador de objeto digital) y aunque aparece reducido y sin el formato usual, para no estorbar demasiado, el metadato lleva incorporado el DOI completo, de manera que con un solo clic se accede a la dirección web donde puede descargarse –si no está protegido o se tiene acceso institucional a la editorial– o consultar su abstract.
  • En segundo lugar, la información es la base del conocimiento y ya hemos visto que se ha acudido a una documentación ingente; pero es la lectura que se hace de la información lo que genera verdaderamente el conocimiento; y sin duda sorprenderán algunas de las lecturas que se realizan en Atención Comunitaria en España. Agentes, estrategias y políticas, interpretaciones o valoraciones de los hechos que sin duda escapan a los agentes profesionales implicados, precisamente por eso: porque están implicados y es muy difícil leer la realidad sin que sea a través de las lentes de los propios valores, experiencias, relaciones e intereses. Y ese es otro valor añadido del documento: su independencia y la completa ausencia de cualquier conflicto de intereses por parte del autor.  
  • Y en tercer lugar, dentro de las razones por las cuales recomiendo el documento, es que el enfoque de edición que utilizamos permite una absoluta actualización de los contenidos, una gran agilidad para incorporar sobre la marcha los últimos acontecimientos o novedades. Por poner solo unos pocos ejemplos, en esta edición se incorpora el último informe de la AIReF sobre medicamentos de receta, el documento con la nueva definición de atención farmacéutica de la Sociedad Española de Farmacia Hospitalaria (documento de Barbate) o las últimas actualizaciones de los programas para la contratación de farmacéuticos clínicos en las farmacias comunitarias de Inglaterra o Gales.

A continuación reproduzco la tabla de contenidos (pinchar sobre la imagen para ampliar): 





martes, 2 de julio de 2019

Élites profesionales, ‘que todo quede en casa’: el caso de la Farmacia


En 2010 recibí un encargo profesional para presentar un dossier sobre la profesión enfermera. Este encargo fortuito dio lugar a mi publicación La enfermería frente al espejo: mitos y realidades (Fundación Alternativas, 2010) en la cual mezclaba mis dos almas profesionales: la investigadora y la consultora. Quiero decir que no se trataba de un texto meramente descriptivo o neutral, sino que también me atreví a dar una serie de pistas para que la profesión pudiera debatir y progresar frente a un inmovilismo radical de sus élites profesionales.


Naturalmente, algunas de mis proposiciones disgustaron a estas élites, pero pude debatir intensamente con la profesión, en artículos, posts y redes sociales y presencialmente, en decenas de conferencias y mesas redondas a lo largo de todo el país. Hasta que se acabó la diversión: llegó el comandante y mandó a parar: el Consejo General enfermero interpuso una querella penal contra mi persona por injurias y calumnias y aunque fui absuelto en instancia y en apelación, dio sus resultados, ya que –aparte de los costes de defensame expulsó del debate y, así, las aguas volvieron a su cauce. Que todo quede en casa es muy importante para las élites que intentan secuestrar el sentir y el pensar de la profesión. De hecho, en la vista oral de juicio el presidente enfermero pidió a la magistrada que no me dejara opinar con el argumento de que «ni siquiera es enfermero

Haciendo balance, creo haber aportado bastante a las enfermeras y a su profesión durante estos años, haber avivado un debate que solo con aportaciones internas hubiera sido mucho más limitado, menos autocrítico y más repetitivo del argumentario oficial.

Como verán, por lo anterior, tengo gran experiencia personal para hablar sobre el gran temor de las élites profesionales a la entrada de intrusos que aporten una mirada externa, limpia y libre de sesgos en los debates internos. Es cierto que el de la enfermería en aquellos años se trababa de un caso extremo de corrupción y matonismo que no se da –¡espero!– en otros gremios, menos aún en el que voy a traer a escena a continuación.

Por otra de esas casualidades, hace unos 15 meses recibí otro encargo profesional que me introdujo en una profesión bastante ignorada para mí –la profesión médica la tenía más que estudiada desde años antes, por ejemplo–: la profesión farmacéutica; en concreto, los farmacéuticos comunitarios (los profesionales que trabajan en las oficinas de farmacia, para quienes no estén familiarizados con esta terminología, adoptada en casi todo el mundo y que por aquí parece molestar bastante). Al sumergirme por vez primera en el tema encuentro materia muy interesante para un sociólogo de las profesiones y decido profundizar, dedicando buena parte de esos cinco o seis meses a lo que considero un ámbito de estudio inspirador. No solo por motivos intrínsecos –se trata de un objeto de estudio fascinante: el alma de investigador–, sino también extrínsecos –la detección de unas dinámicas un tanto endiabladas para todos los agentes directa o indirectamente implicados: el alma de consultor–.

Fruto de aquel encargo fue el libro Atención farmacéutica: mitos y realidades, un texto un tanto producto de la urgencia ante el enorme cisma producido dentro del entorno profesional sanitario, especialmente entre las organizaciones farmacéuticas –y su entorno– y enfermeras, una disputa de jurisdicciones, como diría Abbott, basada más en insultos y descalificaciones globales que en hechos y reflexiones (y con aportaciones esporádicas, pero no inocuas, de organizaciones médicas.)

Aquel libro obtuvo muy poco alcance (excepto entre las organizaciones enfermeras), lo cual es posible que le proporcionara, en aquel contexto fratricida, un cierto halo de informe pro-enfermero y, por tanto, anti-farmacéutico. Nada más lejos de la realidad, pero lo cierto es que, desde un punto de vista comercial –recuperar, y a ser posible rentabilizar, la importante inversión realizada–, aquello fue un desastre.

Pero como dicen que el humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, cuando mi editora me sugiere actualizar la segunda edición “a ver si así funciona mejor”, lo que hago es pedirle un mes… que se convierten en cuatro. Y hace un par de semanas lanzamos Atención Farmacéutica en España. Agentes, estrategia y políticas. En este tiempo he podido bucear algo más en las relaciones con el entorno sanitario y, sobre todo, obtener más conocimiento sobre la evolución histórica de la farmacia comunitaria, en España y también internacionalmente.

La conclusión fundamental del dossier es que la estrategia del lobby de la atención farmacéutica (AF) está profundamente equivocada y puede resultar dañina; sobre todo para la propia farmacia comunitaria, pero también para las políticas profesionales cooperativas y en definitiva para el propio sistema de salud. Estoy (intelectualmente) convencido de que un rol extendido de las farmacias dentro de sus áreas de conocimiento y expertise sería importante para el Sistema Nacional de Salud, para los ciudadanos y también para los propios farmacéuticos; pero también de que el mantra estratégico de una AF voluntaria y retribuida, si bien parece funcionar como gancho interno porque promete mucho a cambio de poco, es inviable en términos sanitarios, sociales y financieros y además resulta incompatible con la defensa a ultranza del modelo español de farmacia comunitaria que parece asumir la mayor parte de la profesión.

Desde un enfoque meramente empírico, la evidencia de que en los últimos años no se ha avanzado mucho (más allá de declaraciones retóricas) en la hoja de ruta marcada en el Documento de Consenso de 2008 y refinada en la Declaración de Córdoba de 2014 recomienda no seguir insistiendo acríticamente en una estrategia tan frustrante.

Para muestra, unos reciente botones: solo en el último año la farmacia comunitaria ha visto convertirse lo que parecía todo un camino de rosas en uno solo de espinas, con cinco proyectos, todos ellos importantes, claramente frustrados.

Las leyes de farmacia de Madrid y Galicia, presentadas como punta de lanza del movimiento de la AF –un intento de desbordar el estrecho marco normativo estatal por la vía de los hechos, con la complicidad de algunas administraciones autonómicas–, se han quedado, simplemente, en nada (y en el caso de Madrid con el coste añadido de una seria fractura entre el Colegio de Madrid y el Consejo General). Por lo que respecta a Galicia, la transformación, a muy última hora y sin avisar, de que a determinados pacientes «se les podrá presentar una atención farmacéutica domiciliaria» por «podrán serles dispensados medicamentos en su domicilio, con entrega informada» recuerda a lo que sucedió con el decreto de 'prescripción enfermera' en 2015.

También se frustró el prometedor Decreto valenciano que regula la concertación de servicios profesionales farmacéuticos asistenciales, simplemente por la inclusión de una subordinada («dentro de las definidas en el artículo 86 del Real decreto legislativo 1/2015, de 24 de julio, por el que se aprueba el texto refundido de la Ley 29/2006, de 26 de julio, de garantías y uso racional de los medicamentos y productos sanitarios, y demás normativa aplicable»). Rectificación in extremis que, por cierto, no ha impedido que los consejos General y Autonómico de Enfermería hayan recurrido la norma (como también el sindicato CSIF.)

Añadamos dos asuntos más, uno simbólico, claramente político el otro.

El primero es el caso de El Boalo, que se había convertido en todo un símbolo de la AFD, donde la Comunidad de Madrid suspendióun convenio mediante el cual la farmacéutica titular prestaba servicios asistenciales; la frustración del colectivo profesional fue patente y las reacciones, no exentas de una demagogia impropia de ciertos titulares: «¿Quién se ocupará ahora de las personas muy mayores de El Boalo? En El Boalo hay 6 personas mayores de 85 años que no existen para algunos partidos de la Asamblea de Madrid».

El segundo es la redacción final del Marco estratégico para la atención primaria y comunitaria aprobado por el Consejo Interterritorial del SNS y publicado por el Gobierno en el BOE del 7 de mayo pasado, que supone un refuerzo de los farmacéuticos de atención primaria frente al papel subordinado de la farmacia comunitaria, reconocida como agente muy de de pasada, con una sola mención en sus seis líneas estratégicas, 23 objetivos y 100 acciones: «La farmacia comunitaria puede desarrollar su papel de agentes de salud, en coordinación con los y las médicos/as, enfermeros/as y farmacéuticos/as de los EAP, para favorecer un mejor uso de los medicamentos».

No es muy difícil, si uno emplea el tiempo, documentación y neuronas suficientes y procura atender a los hechos, antes que a las emociones, darse cuenta de que el Foro liderado por el CGCOF y la SEFAC está siguiendo una hoja de ruta absolutamente errónea que no ha permitido ningún avance significativo en diez años en la senda de la atención farmacéutica asistencial y los servicios profesionales farmacéuticos asistenciales. A pesar de los ingentes recursos, esfuerzos y empeños de sus protagonistas. Frustración que es expresada, con desesperación y melancolía, por ellos mismos: «No podemos seguir haciendo pilotos y que nos sigan acusando de intrusos».

Ahora bien la alternativa que tiene el Foro es continuar diciendo –y vendiendo al colectivo profesional– que los malos son los otros; que es por culpa de los otros que la farmacia asistencial no avanza; que por algún motivo sospechoso –en un sector donde lo sospechoso acostumbra a estar a este lado del río– la administración no nos escucha y hace más caso a los otros. Y que nosotros, con nuestros pilotos y nuestros stands, seguimos haciendo profesión.

Entiendo que no es fácil aceptar que venga alguien de fuera y te ponga frente al espejo de una realidad que no tiene nada que ver con el discurso oficial. Es cierto que todo esto molesta. Que desde dentro de la profesión no se dicen así las cosas, que se adornan, se suavizan y se empatizan. Pero, aun simpatizando con esta profesión tan fundamental en las políticas de salud (y sociales), creo que es mucho más importante que los farmacéuticos puedan conocer otra visión, documentada y argumentada, porque en mi caso es un relato basado en pruebas, no en deseos (ni positivos ni negativos). Y, en este campo, el del estudio de las profesiones sanitarias, no soy precisamente un mindundi, sino un referente (con perdón por la inmodestia.)

De ahí que el método de distribución pensado para el dossier fuera de carácter corporativo, de manera que las entidades corporativas y científicas (colegios y sociedades) pudieran entablar un diálogo o debate con sus representados. Una propuesta ingenua, claro, pero congruente con el propósito de la obra y con las convicciones del autor. Como cabía esperar, el dossier –el nuevo, como el anterior– no lo ha comprado hasta la fecha, para distribuir a sus colegiados, ni uno solo de los 52 colegios. Ello responde en la mayoría de los casos, sin duda, a instrucciones o políticas emanadas explícitamente desde la cúpula institucional. Y estas instrucciones llegan hasta los medios de información del sector, a los que se “recomienda” no prestar presencia –incluso cancelando entrevistas programadas– al dossier ni al autor.

Y que, aunque lo mas habitual es que los responsable de los colegios pretendan no darse por enterados –en ocasiones dando las gracias amablemente, incluso descolgando el teléfono, pero diciendo que ‘no interesa’, sin más–, a veces sí dejan traslucir sus percepciones.

Entre el proteccionismo…
«Consideramos que disponemos de suficientes fuentes de información en materia de atención farmacéutica para resolver las cuestiones planteadas por nuestros colegiados.»
… y la pasivo-agresividad:
«No nos interesa gente ajena al sector que venga a decirnos lo que tenemos o no tenemos que hacer
Así que, aunque no pensábamos la editora y yo que fuera necesario porque comprar una licencia para los cientos o miles de colegiados le hubiera costado a cada colegio menos de lo que gastarán 20 de ellos cuando compren esta licencia individual, hemos activado la distribución minorista. Si les interesa acceder al dossier, pueden hacerlo (por 24 €) siguiendo este enlace para el pago con tarjeta o PayPal:


(Si prefieren realizar el pago mediante transferencia bancaria, en este enlace tienen las instrucciones).

Sin duda estará contribuyendo a compensar, como sucedió en el caso de la profesión enfermera, nuestra aportación profesional para ampliar la base de conocimiento sobre el tema y para intentar que las élites profesionales no secuestren un debate más que necesario (y urgente), simplemente para no reconocer que existen aspectos en los que se están equivocando.

Muchas gracias.






domingo, 12 de mayo de 2019

Día Internacional de las Enfermeras: mi homenaje



(I)
Quieren los caprichos del calendario que este Día Internacional de las Enfermeras coincida con el último día de Rosa María Xama Hernández Serra al frente del Col·legi Oficial d’Infermeria de les Illes Balears, tras ocho años y pico como presidenta. No se me ocurre este año, dada la coincidencia, mejor manera de celebrar la efemérides que rindiéndole un pequeño homenaje personal.  Desde el afecto y el respeto, pero también con una visión sociológica y política de estos ocho años.
Nos separan muchas cosas, yo diría que casi todo: nuestro temperamento (mucho más vivo el suyo), nuestras formas de interpretar entender y vivir la realidad social y política (más pragmática y descreída la mía), incluso nuestras formas de leer las claves de la profesión enfermera (probablemente porque yo la miro desde fuera y ella la vive desde dentro).
Cuando Xama pugnaba para ser elegida como nueva presidenta del Col·legi, a finales de 2010, yo publicaba “La enfermería frente al espejo: mitos y realidades”. Una coincidencia más (nacimos el mismo día del mismo año y compartimos apellido) que con el paso del tiempo nos ha convertido, creo yo, en buenos, leales y queridos amigos.
En aquellas elecciones, la candidatura presidida por Xama derrotaba al candidato del Consejo General, un tal Reynés, el cual impugnó la candidatura ganadora ante el Consejo, aludiendo (si la memoria no me falla) incluso a un exceso de mujeres en la candidatura. Recurso que acumuló telarañas en algún cajón de la Consejería de Presidencia, simplemente porque el Consejo General no era órgano competente para resolver aquel recurso, sino los tribunales de Justicia.
Pasó el tiempo. Hasta que –bicho raro en una profesión tan alérgica a los posicionamientos abiertos en asuntos sociales y políticos– Xama se posicionó en la revista online del Colegio en contra del aval concedido por el presidente del Consejo General de Enfermería a la exclusión de la sanidad pública, por parte del Gobierno del PP, de los sin papeles y de sus amenazas, Código Deontológico en mano, a las enfermeras que se declararan objetores frente a esa ley: «El otoño ha llegado y parece que los primeros vientos y lluvias han sido suficientes para que algunos despojen, incluso antes de que los árboles pierdan sus hojas, a nuestro Código Deontológico de sus valores fundamentales», escribía Xama.

(Esto fue casi dos años después de su toma de posesión, el 10 de octubre de 2012, y mi corresponsal en las Islas publicó unos días después un irónico reportaje sobre los hechos en mi antiguo blog.)
Total, que el iracundo presidente  del Consejo –hoy afortunadamente defenestrado por sus propios pares, al grito de ¡sálvese quien pueda, lastre al agua!– se lo tomó como algo personal. Publicó una de sus epístolas De Presidente a Presidente, desbarrando bonito, y envió a Xama una solicitud de rectificación que fue ignorada: ahí empezó el calvario que ha hecho que, enfrentada con alivio al final de su mandato, Xama haya cambiado su nick de Twitter, que antes era @XamaCoiba, por @xamalliure (lliure = libre).
La historia es bien conocida (y por si no, aquí el resumen de entonces): Il Dottore consiguió que la Consejería de Presidencia del PP le devolviera el favor, desempolvara el recurso y se lo enviara. Resolvió, porqueyolovalgo, anulando la candidatura ganadora y dando al tal Reynés, a golpe de Resolución, lo que fue incapaz de conseguir en las urnas (Xama, por el contrario, revalidaría su mandato en la siguientes elecciones.)
A partir de entonces: demandas judiciales, juego sucio procesal, sentencias de parte del TSJ de Madrid, intento de toma ilegal de la sede, bloqueo de cuentas bancarias, amenazas, burofaxes, expropiación del voto en la Asamblea General a los colegiados, etc. Un acoso nauseabundo.
Al final, los tribunales deshicieron el entuerto; fueron restauradas la legalidad, la representación y el voto legítimos (y las cuentas corrientes); Reynés, Il Dottore y Florentino –entonces delfín, hoy heredero del trono– se la envainaron… y hasta hoy. Pero el sufrimiento dejó huella y la ignominia, sus ecos.
(II)
Ahora podría poner un enoooooorme párrafo contando, porque lo viví de manera bastante cercana, el tremendo acoso y el gran sufrimiento causados por esta mala gente, cómo se resintió hasta su salud y recalcando la enorme dignidad y valor de Xama durante aquellos dos años. Pero no lo haré, porque hay algo que ilustra mucho mejor su figura y sus principios: una vez pasado aquel mal sueño, al modificar los estatutos colegiales, en lugar de ceder a la lógica de blindar su junta o a sus sucesores mediante todas o parte de las maniobras antidemocráticas que contienen los estatutos del 80% de los colegios, su Junta presentó ante la Asamblea General, que los aprobó, unos estatutos que son un ejemplo de limpieza, transparencia y garantismo democrático, incluido por supuesto su proceso electoral.
Y también ilustra su decisión que una vez restaurada como presidenta, en vez de adoptar un perfil bajo o simplemente no acudir a las asambleas generales para no ver el careto de acosadores y cómplices, no dejó de ir, cumpliendo con su obligación, a realizar las incómodas preguntas que los otros no se atrevían a hacer, por miedo o por desidia: así consta, y seguirá constando –supongo– en las actas.
Aunque fuera de las Islas Baleares tal vez esta, la de la fea política del matonismo y la resistencia heroica, es la parte de la historia que más se conoce, el equipo de Xama nunca perdió de vista que su principal tarea política –esta vez, de la buena, de la digna y necesaria política– era impulsar el progreso de la profesión.
Tuve la oportunidad de colaborar en varios trabajos del Col·legi: situación laboral de las enfermeras de Baleares, prescripción enfermera, retos de la farmacia asistencial, imagen de la profesión y retos de futuro… mimbres del relato enfermero del siglo XXI. Nos quedaron cosas pendientes, pero el tiempo –como la salud– nunca se estira como un chicle.
También me cupo el honor de acompañar a Xama en el primer acto realizado en España sobre la campaña Nursing Now, en mayo del pasado año.
No me enrollo más. Solo confiar en que, ya que ahora es impensable, cuando se haya producido el inevitable relevo sociológico, intelectual y moral en la cúpula de la enfermería española, al nuevo equipo le falte tiempo para organizar un homenaje nacional a Xama como encarnación de los más limpios valores y principios de la Profesión. Y por haber dado la cara, junto con muy pocas personas más, por la democracia colegial, asumiendo de manera natural y radical que los colegiados son los verdaderos propietarios de los colegios y los cargos colegiales, aunque se crean divas, meros inquilinos.
Con lo que nos hemos peleado, Xama… ¡Y ya tú ves! 

Creo que puedes mirar hacia atrás con la satisfacción de haber cumplido con el compromiso que adquiriste con los colegiados y empezar una nueva vida, por fin lliure. Hablamos...


(Por cierto, deseo toda la suerte del mundo a su sucesora y a su equipo, a quienes han dejado el listón muy alto. Y también a las 140.000 enfermeras que se enfrentan hoy al sueño de conseguir una puesto de trabajo y una vida estable. Y feliz día, por supuesto, a todas las enfermeras).



lunes, 1 de abril de 2019

Diagnóstico de enfermería: varapalo judicial


¿Recuerdan el alborozo con que se recibió la aprobación de la Directiva 2013/55/UE del Parlamento Europeo y del Consejo, de 20 de noviembre de 2013, por la que se modifica la Directiva 2005/36/CE relativa al reconocimiento de cualificaciones profesionales (...)? Como probablemente la respuesta sea no, les refresco los hechos.

Esta directiva, que modificaba la Directiva 2005/36/CE del Parlamento Europeo y del Consejo, de 7 de septiembre de 2005, relativa al reconocimiento de cualificaciones profesionales, decía lo siguiente:
La profesión de enfermero ha evolucionado considerablemente en los treinta últimos años: el desarrollo de la asistencia de proximidad, el recurso a terapias más complejas y la evolución constante de las tecnologías presuponen la capacidad de estos profesionales para asumir mayores responsabilidades. Los programas de formación de enfermería, cuya organización todavía varía en función de las tradiciones nacionales, deben ofrecer una garantía más sólida, y más orientada hacia la obtención de resultados, de que el profesional ha adquirido determinados conocimientos y capacidades durante la formación y de que es capaz de aplicar, al menos, ciertas competencias para ejercer las actividades relacionadas con su profesión.
Y en base a esa constatación, con la que es difícil no estar de acuerdo, se añadía un apartado séptimo al artículo 42 de la Directiva en vigor, que decía entre otras cosas lo siguiente (el subrayado es añadido):
7.   Los títulos de formación de enfermero responsable de cuidados generales acreditarán que el profesional en cuestión se encuentra, como mínimo, en condiciones de aplicar las siguientes competencias, independientemente de que la formación se haya adquirido en una universidad, un centro de enseñanza superior de nivel reconocido como equivalente, una escuela profesional o mediante programas de formación profesional en enfermería:
a) competencia para diagnosticar de forma independiente los cuidados de enfermería necesarios utilizando para ello los conocimientos teóricos y clínicos, y para programar, organizar y administrar cuidados de enfermería al tratar a los pacientes sobre la base de los conocimientos y las capacidades adquiridos (...) con el fin de mejorar la práctica profesional (...)

Esta modificación de la directiva de 2005 fue recibida con gran alborozo entre diferentes sectores de la profesión de Enfermería, ya que aparecía por fin en el ordenamiento jurídico comunitario, en referencia a la enfermería, la fórmula mágica, tantos años negada : «diagnóstico».

Es bien conocido el repetido mantra médico, «solo prescribe quien diagnostica». Se suponía, pues, que una vez reconocido el diagnóstico enfermero como competencia propia las puertas de la prescripción, entre otras, se abrirían de par en par.

Por ejemplo, el antiguo presidente del Consejo General de Enfermería afirmó sin ningún género –aparentemente, al menos– de duda:
«Esta directiva nos abre la puerta de la prescripción en toda su amplitud, es decir, igual que pueden hacerlo médicos, odontólogos y podólogos, al reconocer el diagnóstico enfermero dentro de nuestras propias competencias.»
Que no fue así, es de sobra conocido: el sanctasanctórum prescriptor sigue cerrado para las enfermeras españolas, condenadas, en lo que se refiere a medicamentos y productos sanitarios, a «indicarlos» en vez de prescribirlos y «autorizar su dispensación» en vez de recetarlos. Que para el caso es lo mismo, mireusté, pero que nuestros padres de la patria de uno u otro signo muestran una extraña afinidad filológica.

La Directiva –al igual que se hizo en 2008– fue publicada mediante un Real Decreto (581/2017, de 9 de junio), siendo así incorporado su articulado a nuestro ordenamiento jurídico con un rango normativo (decreto aprobado por el Consejo de Ministros) inferior al resto del ordenamiento legal sobre profesiones sanitarias (ley aprobada por la Cortes Generales).

El Consejo General de Enfermería, con una gran ligereza jurídica, dedujo que si esta incorporación a nuestro ordenamiento jurídico se hubiese realizado mediante ley hubiese significado una modificación directa del artículo 7 de la Ley de ordenación de las profesiones sanitarias (LOPS). Y, ni corto ni perezoso, acudió al Tribunal Supremo reclamando la nulidad del apartado séptimo del artículo 42 del Real Decreto, más arriba transcrito en parte, por insuficiencia de rango normativo; en su recurso expresaba su pretensión de la siguiente manera:
«No se discrepa del contenido del precepto, sino de su rango, pues de no establecerse ese contenido en uno de rango legal, no quedaría amparada en nuestro ordenamiento jurídico la ampliación de esas facultades de ejercicio y, consiguientemente, la incorporación no habría satisfecho la obligación de alcanzar el resultado querido por la Directiva.»
Es decir, que al tratarse de un real decreto aprobado por el Consejo de Ministros y no de una ley, aprobada por las Cortes Generales, la norma no podía traducirse en una reforma legal de las competencias enfermeras, incluyendo el diagnóstico de enfermería. Tal como resume el Consejo de Estado, en su Dictamen de 25 de mayo de 2017:
«En apretada síntesis, el Consejo General de Enfermería entiende que la transposición de la Directiva 2013/55/UE, en este punto concreto, implica una ampliación de las competencias profesionales de la enfermería, que no tiene respaldo expreso en la Ley de Ordenación de Profesiones Sanitarias de 2003, en cuyo artículo 7 no se hace mención a alguna de esas competencias cuando se define a los diplomados en enfermería.»
Interpretación de la que discrepó el Gobierno, tanto ante el Consejo de Estado, como ante el propio Tribunal Supremo; así resume aquel su posición:
«El Ministerio entiende, por su parte, que la Directiva y el Proyecto [de Real Decreto]  hacen referencia a las competencias que tienen que estar acreditadas como adquiridas en la formación, sin que se recojan en la Directiva las competencias profesionales a desarrollar por una determinada profesión, pues su determinación es competencia de los Estados miembros, a lo que añade que "solo lo relativo a la formación recibida y la acreditación de las competencias en la formación son objeto de este artículo [artículo uno.23.g) de la Directiva y 43.7 del Proyecto], ya que determina el reconocimiento automático por formación armonizada".»

A pesar de que el Consejo de Estado daba la razón al CGE en su dictamen, la recién publicada Sentencia del Tribunal Supremo, de fecha 7 de marzo de 2019, desestima el recurso contencioso-administrativo preparado por el jefe de los Servicios Jurídicos del Consejo General de Enfermería. Tan claro lo tuvo la Sala que en la Sentencia condena en costas al Consejo General (4.000 euros), al no apreciar que el caso presentara «serias dudas de hecho o de derecho», como prevé el artículo 139.1 de la ley que regula este tipo de recursos para exonerar a los recurrentes del abono de las costas judiciales.

Básicamente, la sentencia da la razón a la Administración General de Estado, al establecer diferencias entre las competencias que deben ser adquiridas durante la formación básica de las realmente ejercidas: ni la Directiva puede imponer una regulación competencial a los estados miembros, ni su reforma va dirigida, por tanto, a regularlas, solo a obligar a que la formación básica que se reciba en cualquier Estado miembro recoja estos ámbitos competenciales, con el fin de garantizar un nivel formativo mínimo en todo el espacio laboral europeo.

La directiva está orientada más bien a acabar con la confusión que existe en muchos países entre las enfermeras tituladas y otras figuras intermedias, a medio camino entre enfermeras y auxiliares, que las oficinas estadísticas de la OCDE y de la Oficina Europea de la OMS denominan con frecuencia enfermera asistente (nurse assistant) o práctica (practicing nurse), diferenciándolas así del personal auxiliar (nurse aids, healthcare assistants, etc.): la obligatoriedad de que, para poder ser homologado, el currículo formativo de cualquier título extranjero de enfermera haya garantizado que los estudiantes han adquirido competencias bien detalladas –como la citada del diagnóstico de enfermería, más las otras siete incluidas en ese mismo artículo de la directiva–, al margen de que el título haya sido, o no, obtenido en una universidad.

Esta es la verdadera finalidad de la directiva, garantizar una formación mínima común, al margen de dónde hayan sido cursados los estudios, no aprobar o dejar de aprobar competencias profesionales efectivamente desempeñadas, lo cual corresponde exclusivamente a cada país de la Unión Europea.

Pero lo más paradójico, por ser fino, es que el Consejo General de Enfermería conocía perfectamente esta diferencia, ya que, sin ir más lejos, la Organización Médica Colegial ha perdido todos sus recursos contra las órdenes ministeriales que aprobaban los planes formativos de las especialidades de Enfermería; por ejemplo, la sentencia del Tribunal Supremo de 23 de julio de 2012, que desestimó el recurso del Consejo médico sobre la especialidad de Enfermería Pediátrica (que se impugnó precisamente por incluir el diagnóstico de enfermería entre las competencias a adquirir al cursar la especialidad):
«Las competencias que en materia de diagnóstico pretende la formación especializada, no pueden entenderse fuera del contexto formativo y de las normas que acabamos de exponer, que delimitan ámbitos de actuación reservados a cada profesional sanitario; o en palabras del artículo 7 de la LOPS "sin perjuicio de las funciones que, de acuerdo con su titulación y competencia específica corresponda desarrollar a cada profesional sanitario", y esta delimitación resulta determinante para rechazar la impugnación a los apartados concretos que refiere la demanda como reconocer capacidad de diagnóstico.»
Y fíjense si el jefe de los servicios jurídicos conocerá perfectamente ese posicionamiento recurrente del Tribunal Supremo que ha palmado de manera no menos recurrente en sus recursos contra los programas formativos de la Familia Profesional de Sanidad; por ejemplo, la Sentencia de 3 de enero de 2013 de la Sección Cuarta contra el programa de Imagen para el Diagnóstico (sobre el que ya se había manifestado el Supremo, con idénticos resultados negativos, en su Sentencia de 28 de febrero de 2007 con motivo del recurso presentado por el Colegio de Enfermería de Las Palmas):
«Ese Sistema, su Catálogo, las cualificaciones que éste identifica y la formación profesional asociada a cada una de ellas, "no supone, en ningún caso, la regulación del ejercicio de las profesiones tituladas en los términos previstos en el artículo 36 de la Constitución Española (...) Acorde con todo ello, el Real Decreto dispone que éste "tiene por objeto establecer determinadas cualificaciones profesionales y sus correspondientes módulos formativos que se incluyen en el Catálogo Nacional de Cualificaciones Profesionales"; añadiendo en su inciso final, expresamente, que esas cualificaciones y su formación asociada "no constituyen una regulación del ejercicio profesional" (...) En definitiva, define qué "competencias" son las que se adquieren en el proceso de formación. Y no, por ser cosa distinta, qué "atribuciones" profesionales han de pregonarse para el poseedor de esa cualificación y formación asociada.»
Lo mismo sucedió, incluso, en el recurso que también perdió el CGE contra el programa formativo de Cuidados Auxiliares de Enfermería; la sentencia del Tribunal Supremo de 2 de julio de 2013 muestra incluso signos de aburrimiento frente a la contumacia del Consejo General:
«Ya hemos analizado en alguna otra sentencia argumentos similares que no nos llevaron ni nos llevan ahora a compartir la tesis del Consejo actor, ni a modificar por tanto lo que constituye una jurisprudencia reiterada de este Tribunal. El Real Decreto impugnado no regula, no define, ni podría hacerlo, "atribuciones" profesionales propiamente dichas; es decir, facultades o actividades que  queden reservadas a uno u otro profesional. Lo que en realidad establece son cualificaciones profesionales y sus correspondientes módulos formativos. O lo que es igual, un conjunto de competencias profesionales con significación para el empleo que pueden ser adquiridas mediante formación modular.»
Reproduzco estos párrafos de las dos sentencias citadas, que no son sino una pequeña muestra de las que, en relación con esta materia competencial, se han producido durante los últimos 20 años, para mostrar que no se trata de argumentaciones equívocas o dubitativas. Bien al contrario, muestran que la jurisprudencia del Tribunal Supremo es taxativa e inequívoca al respecto.

¿Por qué, entonces, sigue el Consejo General de Enfermería recurriendo ante el Supremo, si conoce de sobra esta sólida jurisprudencia y que por ello hay bastantes posibilidades de que, además de palmar, se le imponga el pago de las costas? Buena pregunta, que solo podría responder la Comisión Ejecutiva del Consejo, que es quien ordena las actuaciones en materia judicial.

En todo caso, dado que al no ser favorable no es muy probable que el CGE se haga eco de la sentencia, aquí les dejo la noticia y los enlaces. Se trata, desde luego, de una mala noticia para la profesión, ya que desde el Consejo de Enfermería se había transmitido una infundada euforia. Por eso precisamente, deberían darse explicaciones y no meter la cabeza debajo del ala. Quizás haya sido muy mala idea forzar una sentencia, que claramente iba a ser  desfavorable, que intentar mantenerse en un limbo legal, al menos de cara a las negociaciones políticas con las autoridades.

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Actualización 3 de abril: hoy he colgado un hilo de Twitter con más análisis (y de lectura más ligera). Está aquí:




lunes, 25 de marzo de 2019

¿Están alineados los planetas para que las enfermeras crucen el espejo?

Public Domain Image, source: Christopher S. Baird.



El último número de la revista Enfermería Clínica está dedicado a lo que suele denominarse enfermería de práctica avanzada (aunque hay quien sugiere empezar a utilizar la denominación enfermería clínica avanzada). Un tema de amplio debate, pero que no siempre concita grandes consensos: hay, incluso, quien lo considera un factor más de división que de avance, lo cual depende fundamentalmente, creo, de desde dónde se mira (especialidades, universidad, gestión...).

Para mí, que más que desde dentro miro desde fuera y no me va la vida en el asunto, en el debate entre fundamentalistas y posibilistas me encontrarán siempre en el segundo bando, facción hoy y aquí... Como creo que dejé claro hace ya algunos años, antes de que fuera un tema tan manoseado, cuando definí la EPA como «cualquier nuevo desarrollo aplicado por enfermeras que permita ensanchar los dominios profesionales de la Enfermería y ayude a mejorar su visibilidad, prestigio, influencia política, niveles de renta o autonomía laboral».

Como pueden comprobar, eclecticismo puro y duro.

A día de hoy el debate no solo es mucho más rico y amplio, sino que ya no solo se habla de lo que podría ser, sino de lo que ya está siendo en cada vez más ámbitos del Sistema Nacional de Salud. Y de cómo está resultando. Les sugiero por tanto que, si pueden, echen un vistazo al ejemplar y seleccionen para una lectura detallada aquellas aportaciones que más les sugieran.

Aunque no habla exactamente de EPA sino de aspectos más generales, ya que se trata de una colaboración especial, y aunque probablemente no sea su alternativa de primera elección (no debería, ya se lo advierto), pueden también leer mi último artículo, titulado como este post (más bien viceversa).

Los lectores del blog pueden acceder legal y gratuitamente al artículo entero (y descargarlo) durante un tiempo limitado, simplemente pinchando en el breve Resumen que reproduzco a continuación (o en el link debajo).

Ojalá que disfruten tanto leyéndolo como yo al escribirlo.









jueves, 14 de marzo de 2019

Una de veinte




1. CUOTAS.
Hace poco más de un mes (el tiempo que he tardado en pensar, tejer, reposar, destejer, repensar y volver a tejer ene veces esta complicada entrada), la ministra de Sanidad, Consumo y Bienestar Social anunció una reforma en profundidad del Consejo Asesor de Sanidad. Tres fueron las decisiones adoptadas:

§  Integrar dentro de sus competencias el área social, pasando a denominarlo Consejo Asesor de Sanidad y Servicios Sociales (CASSS).

§  Limpiar el consejo de lobbistas, tanto hard (representantes orgánicos de la sanidad privada y la industria) como soft (nominencias = eminencias en nómina), nombrando a investigadores, intelectuales y directivos de reconocido prestigio y solvencia moral.

§  Desplazar a los lobbies (colegios) profesionales hacia un Comité de las profesiones del sector sanitario y social (movimiento que no sabría bien si clasificar como sublimación percuciente o arabesco lateral).
Como es lógico, en la sanidad privada no gustó nada esta exclusión. Pero tampoco cayó nada bien la noticia dentro de la profesión de enfermería, ya que solo fue nombrada una enfermera entre los 20 vocales del sector sanitario. Decisión que gustó tan poco en las redes sociales como entre las burocracias colegial («desafortunado y anacrónico») y sindical («claro agravio y lamentable afrenta»).

Supongo que la inmensa mayoría de las enfermeras ni se enteró, ya que fue una noticia estrictamente sectorial y no existen canales atractivos, y por tanto efectivos, de comunicación dentro de la profesión. Pero dentro de quienes sí leyeron la noticia, tuvo que caer peor entre aquellos sectores que más han luchado por el progreso y visibilidad de la enfermería. Todo un mazazo.

La pregunta que quiero hacerme aquí es: ¿duele tanto el golpe por el hecho objetivo en sí (una vez más nos minusvaloran) o porque pudiera ser el síntoma de un problema con más recorrido y significado (una vez más seguimos sin dar la talla)?

En respuesta a estas críticas, la ministra Carcedo lo dejó meridianamente claro: «en la selección de las personas que forman parte del consejo no se fue mirando por estamentos, sino por aquellos saberes individuales, el propio currículum de las personas que lo configuran y que puedan aportar algo al sistema

Es decir que para la ministra –y los círculos de poder y decisión que representa– solo habría una enfermera capacitada para situarse entre los 20 profesionales con más saberes individuales, mejores currículos y mayor capacidad de aportar. ¿Una? ¿Por qué una y no dos o tres... o ninguna?



2. È PERICOLOSO SPORGERSI.

Quienes se incorporan a un órgano asesor como el que nos ocupa deben haber construido y aportado una visión general del sistema de salud y de las políticas sanitarias; sean médicos, economistas, juristas, farmacéuticos, terapeutas o enfermeros, no fueron convocados para aportar la visión de los médicos, economistas, juristas, farmacéuticos, terapeutas o enfermeros –para eso están los colegios, sociedades y otros lobbies– o sobre la aportación de sus respectivas profesiones, sino su visión técnica/profesional sobre las políticas generales y desarrollos específicos más convenientes para el futuro del Sistema Nacional de Salud.

Pero como es natural e inevitable, ciertas concepciones y actitudes de grupo conformadas a lo largo de un complejo y dilatado proceso de socialización, existen; y no son como una mochila que cuando es conveniente la cargas y cuando no la dejas en casa: influyen más o menos conscientemente en los juicios y opiniones personales a partir de los cuales se acaban conformando las recomendaciones y decisiones. De ahí que sea tan peligroso para cualquier profesión no ser invitada a participar, pudiendo dar su opinión, en este tipo de foros.

Trataré de dar la mía sobre algunos factores que influyen en este ninguneo institucional. Pero antes de seguir y para no ser hiriente en exceso, es preciso reconocer que existen ciertas condiciones ambientales muy determinantes.

En estas decisiones hay bastante de círculo vicioso (si no nos invitan hoy no podemos esperar que nos inviten mañana; y si no nos han invitado hoy es porque ayer tampoco estuvimos); por otro lado, la situación, ciertamente, no puede ser caracterizada de manera descontextualizada, al margen de la estructura de relaciones de poder que se (re)producen en el ecosistema profesional; finalmente, en el caso de la enfermería muy específicamente, encontramos una sinergia muy perjudicial entre los efectos Mateo y Matilda: por profesión emergente (Mateo) y por ocupación femenina/feminizada (Matilda).

Pero también hay algo que tiene que ver, y mucho, y muy intensamente, con ciertas inercias características de una forma de ver y hacer las cosas dentro de la profesión enfermera que yo conozco: una condición introvertida que ha conducido a una actitud ensimismada. Dicho por supuesto con carácter general, creo que a la hora de compartir experiencias, reflexiones y conocimientos sobre el trabajo asistencial las enfermeras se sienten mucho más cómodas y seguras entre pares; no son muchas –de ahí que destaquen tanto– las que se encuentran cómodas y prefieren moverse en entornos intelectuales multiprofesionales donde el contraste de visiones y lecturas enriquece personalmente y previene frente a los excesos del provincianismo. Otra cosa es que sean invitadas...

Este ensimismamiento lo analizo personalmente como consecuencia inevitable de una forma determinada de leer la realidad de la profesión, de su lugar en el mundo y de sus roles: una enorme atención a las vivencias (con frecuencia estereotipadas), sin grandes referencias al contexto/entorno en que se producen y sin apenas contraste con otras lecturas que se producen en el terreno de juego compartido.



3. DISTOPÍA.

Entre los cincuenta artículos de enfermería más referenciados (1997-2016) solo seis (12%) de los publicados en revistas españolas y dos (4%) de los publicados en revistas extranjeras por autores vinculados a centros españoles, tienen como objeto de reflexión la propia profesión, en relación con su contexto (sanitario, sociológico, jurídico o económico).

La participación de enfermeras en los grandes informes colaborativos de carácter estratégico sobre el Sistema Nacional de Salud es bastante limitada; y en no pocas ocasiones, cuando se produce la invitación es exclusivamente para aportar el capítulo referido a la enfermería. Y aunque existen enfermeras en comités de dirección y consejos de redacción de (las muy escasas) sociedades científicas y revistas sanitarias transversales, su presencia, comparativamente con la de médicos o profesionales de las ciencias sociales, es muy pequeña.

Ni siquiera es fácil encontrar, a diferencia de los años ochenta y noventa, reflexiones de carácter general sobre el papel de la enfermería en la sociedad como las de Domínguez-Alcón, Antón o algunas de las madres fundadoras. Es cierto que existen algunos trabajos (tesis doctorales), como los de Ramió (2005), Miró (2008), Almagro (2015) o Vázquez (2017), pero estaremos probablemente de acuerdo, a pesar de su innegable valor, en que se trata de excepciones que confirman la regla.

No he podido encontrar aproximaciones más generales sobre las condiciones y relaciones (internas y con el entorno) como la que modestamente intenté aportar en mi libro de 2010 o, mucho más poliédrico y comprehensivo, el del también sociólogo Pablo Meseguer (2018), lectura indispensable para entender los antecedentes en los años más recientes y las derivadas actuales de la evolución de la profesión enfermera.

(No deja de resultar(me) extraño que la enfermería llame la atención como objeto de estudio e investigación para los científicos sociales, pero no al parecer para las propias enfermeras.)

Seguimos: no existen diarios ni revistas –como sí los hay, y en buen número, de médicos o farmacéuticos– que difundan noticias, publiquen tribunas de opinión y promuevan debates de cierto nivel; ni agencias de noticias sobre enfermería que vendan en el exterior los logros y aportaciones de las enfermeras reales.[1]



[1] Ya sé que los medios de comunicación sanitarios son negocios privados que se mantienen gracias a la publicidad de la industria, los fondos de reptiles de los lobbies profesionales y el pago de los servicios prestados a patronales o think-tanks. Pero las cuotas de colegiados, afiliados y asociados deben de mover, al menos, 75 millones de euros al año y sin embargo a quienes gestionan esos presupuestos solo parece importarles la inversión en medios si es para ponerlas al servicio propagandístico de sus intereses y los de sus líneas editoriales y personalidades afines.


Tampoco existen editoriales que busquen autores o editores de libros o monografías que fomenten el debate, ni revistas en cuya línea editorial exista un hueco relevante para la reflexión sobre el presente y el futuro de la profesión, como sí sucede en algunas de las revistas internacionales más prestigiosas.
No se generan en el seno de la enfermería española, por tanto, relatos ni visiones que puedan interesar a una masa crítica de enfermeras y puedan ser contrastadas y debatidas dentro de la profesión.
Como consecuencia de todo lo anterior, a pesar del enorme talento existente dentro de la enfermería, esta ha llegado a ser irrelevante como agente político y social (y en buena medida profesional), al menos desde el punto de vista de la generación de inputs para la elaboración de políticas. Confinada en sus propias inseguridades y dudas existenciales, enfrentada en el mundo real a un techo de cristal difícil de romper, pero también oprimida por un techo de hierro interno autoritario, sectario y prácticamente vacío de inteligencia y valores profesionales que transmitir.

¿Se habrá cumplido por fin el sueño distópico del Régimen Enfermero del 87?

§  Una profesión adormecida, desinformada, desinteresada, descohesionada –hasta enfrentada, como vemos–, desmovilizada, atemorizada y silente: caldo de cultivo idóneo para la opacidad –masa madre de la corrupción institucional– y para formas y actuaciones que vacían de contenido la democracia participativa y el debate libre.
§  Donde no existen posibilidades reales para el florecimiento de liderazgos alternativos que estimulen el activismo y el conocimiento y que compartan los avances –que los hay; y muchos; y muy buenos; y sobre los que habría que hablar más– para que la profesión en su conjunto los viva como propios y se sienta estimulada para crecer.
§  Donde la inteligencia crítica y el conocimiento disruptivo se ven confinados en reductos acotados (del dos-punto-cero o entornos académicos de difusión limitada), mientras que la desinformación, el autobombo y la promoción del pensamiento único ha generado sus propias leyes de supervivencia: no mirar hacia donde no debes, no escuchar lo que no te conviene, no hablar de lo que no entiendes –y si quieres parecer transgresor, ya sabes: tuitea copiapegas de (malos) libros de autoayuda–.
§  Donde se obstaculiza con una tenacidad digna de mejores causas la emergencia de movimientos de base locales; si es preciso, abonando honorarios fuera del alcance del bolsillo de los disidentes a carísimos bufetes.
§  Estas dinámicas autoritarias han traído como consecuencia una organización donde todo aquello que debería ser debatido en foros internos democráticos e informados (y que por tanto enriquecería) se judicializa y se dirime en los tribunales, donde manda el que más resiste (y por tanto no hace sino empobrecer).
§  Y, finalmente, donde la torpe visión sectaria que se ha consolidado en el búnker de Fuente del Rey (y los califatos de provincias) lleva a incongruencias extremas, como silenciar los pocos logros verdaderos que a nivel interno y externo afianzan una marca enfermera moderna, basada en el guion del conocimiento y no solo en el de la virtud.
Por poner solo un ejemplo, y habría muchos más, es inconcebible que el movimiento dinamizador de la profesión enfermera española más importante de los últimos 20 años, el Programa de Implantación de Buenas Prácticas en CuidadosRed de Centros Comprometidos con la Excelencia en Cuidados,[2] haya sido completamente ninguneado por el máximo órgano representativo (legal) de la profesión, solo porque está liderado en España por Investén-isciii y no por Sus Ilustrísimas (igual que el nombramiento de una enfermera entre los 24 asesores de la iniciativa Ciencia en el Parlamento, solo por el hecho de que la enfermera designada no sea de su cuerda; volveré sobre esto). Es mezquino, pero sobre todo es de imbéciles porque pone en cuestión ese amor declarado a la profesión con que tanto se desgañitan.

[2] Que incluso ocupa un capítulo específico en el libro que acaba de publicar la impulsora del movimiento a nivel mundial, la presidenta de la Asociación de Enfermeras de Ontario, Doris Grinspun (Transformingnursing through knowledge. Best practices for guideline development,implemention science and evaluation).




4. CUOTAS.

Creo que este estado de cosas está muy relacionado con el discurso de Rosamaría Alberdi sobre la competencia política enfermera. Una formulación que a menudo se toma como Misión (asumir que la enfermería tiene una misión histórica y cada enfermera, por serlo, asume un mandato para ayudar a cumplirla) y otras veces desde un punto de vista más operativo (capacidad para ir adoptando decisiones tácticas con el objetivo de ir cubriendo la agenda estratégica de cambio/mejora), pero que suele ligarse al cumplimiento de los objetivos de la profesión. 

Pero creo que predomina hoy una forma de considerar esta competencia política desde un punto de vista más social, como reconocimiento y salvaguarda del papel de la enfermera como defensora (advocate) del ciudadano en lo que atañe a sus derechos de ciudadanía frente a las políticas que generan los determinantes sociales de la salud, abordando temas como la cobertura sanitaria universal, las garantías de equidad en la protección de la salud, la medicalización de la vida social, etc.

Desde la cúpula de la organización enfermera nunca se ha asumido –es más, se ha huido de ello como de la peste– que es necesario adoptar posicionamientos políticos explícitos y movilizarse, incluso liderar movimientos, para influir en los procesos de toma de decisiones políticas que inciden sobre los determinantes sociales de la salud (sí, los papás –y mamás– que fuman en los coches también; pero es más fácil quedar bien como lobby culpando a los ciudadanos que a los poderes públicos). Esta competencia política forma parte de las competencias profesionales esenciales de las enfermeras y debería formar parte de sus códigos deontológicos, por mucho que aquí en España a las dos patas de la Mesa de la Profesión Enfermera les salgan ronchas cuando tienen que pronunciarse sobre algo diferente, y de más enjundia política, que las 131.000 enfermeras que se supone que faltan –y el 20% de médicos que se supone que sobra– o las funciones de los boticarios.

¿A nadie de verdad le ha resultado... no ya extraño, lo siguiente, la deliberada falta de implicación del Consejo General de Enfermería (y el sindicato adlátere) con respecto a la campaña Nursing Now 2020, un movimiento de alcance mundial promovido desde una comisión interpartidista del Parlamento del Reino Unido y asumida e impulsada por la Organización Mundial de la Salud y el Consejo Internacional de Enfermeras, así como por decenas de organizaciones nacionales de enfermería? Han tenido que ser las asociaciones locales y algunas administraciones sanitarias quienes se hayan asumido el rol de entidades colaboradoras y difusores de los objetivos de la campaña ante la inasistencia de Sus Ilustrísimas.

Se trata de eso: el pánico a la política por el mero hecho de que si promueves movilizaciones fuera lo más probable que se te escapen de las manos y se te cuelen dentro. Así que cuanto más lejos de La Política, mejor.

(Cuentan que Franco dio una vez un consejo a un joven cachorro del Régimen que le presentaba una queja: «joven, haga usted como yo: no se meta en política». No me cuesta imaginarme a Il Dottore dando el mismo consejo a sus becarios, eso sí, sin la retranca gallega del dictador.)

Por el otro lado, el de las bases profesionales, resulta a veces irritante esa negación tan generalizada entre las enfermeras del hecho de que sin intervenir políticamente en el interior es imposible proyectarse políticamente hacia el exterior. Porque es difícil negar que la irrelevancia de la enfermería como sujeto político es la única razón estructural que explica tratamientos como esta ínfima representación de las enfermeras en órganos como el Consejo Asesor de Sanidad. Porque aunque es cierto que hay organizaciones colegiales con alto impacto en sus zonas de actuación (en Catalunya o Illes Balears y hasta hace poco también en la Región de Murcia; en el resto de las CCAA es el Consejo General quien realmente manda) nunca ha parecido existir interés real en intentar acumular fuerzas para tratar de influir en la política a nivel estatal, donde radican la mayor parte de las competencias más definitorias para la profesión.

De ahí la importancia que tiene para aquellas enfermeras que sí quieren ser parte de un movimiento global que busque el sitio de la Enfermería en la sociedad y la política ser capaces de implicarse en la vida interna de la profesión para exigir liderazgos políticos, éticos e intelectuales capaces de cohesionar, movilizar y representar a toda la profesión. Solo así se podrá intervenir sin ser considerado un intruso (incluso un patán, como tan a menudo pasa ahora) en los grandes debates políticos y sanitarios.

Esta es la única estrategia para ser invitados a todos los foros donde se deciden las cosas importantes, no por cubrir una cuota, sino porque sin enfermeras se pierde una lectura única e imprescindible de la realidad. Y aquí, la responsabilidad es compartida: de la profesión, para generar líderes competentes y libres, con visión, valores, presencia y respaldo; y de las estructuras políticas y las administraciones públicas, para que cumplan con su obligación de hacerles un sitio en las mesas de debate y decisión; incluso, de promover políticas de discriminación positiva bien orientadas y con sentido de la realidad (es decir, que no acaben promoviendo el statu quo, la mediocridad y los intereses creados).

Llevo tantos años, y perdón por la autorreferencia, afirmando que el principal problema de la profesión enfermera española es de índole política que cuando los hechos me dan la razón de manera tan cruda la sensación llega a ser desesperante.

Por eso quiero, y de alguna manera creo que debo aunque haya quien se enfade, definirme alto y claro sobre la representación enfermera en el CASSS.

Créanme: es una cuota (¡hubiera sido socialmente impresentable y políticamente desastroso anunciar un consejo asesor de sanidad sin representación de una de las dos profesiones que vertebran el Sistema Nacional de Salud!).

Acabo: que la iniciativa Ciencia en el Parlamento cuente con una (sola) enfermera entre sus 24 asesores es una gozosa conquista. Pero que el Consejo Asesor de Sanidad y Servicios Sociales cuente con (solo) una enfermera entre sus 20 vocales es un doloroso fracaso.

Increíble, ¿verdad?, tanta distancia, años luz, entre «una sola enfermera» y «solo una enfermera.»