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lunes, 1 de agosto de 2016

Lectura de verano: Historia de una enfermera (XXV)

Noticias de Aurora

Hola de nuevo, Juan. Como quedamos, te voy mandando estas notas, pequeñas o largas según me pida el cuerpo y me dé la vida, para que durante el verano, si te parece bien, las publiques en tu blog. Sé que te da trabajo editarlas porque soy un poco caótica, pero hasta el momento no tengo queja: hasta lo que has censurado te lo he agradecido una vez que lo he leído; y también el trabajo de "corrector de estilo", soy algo torrencial cuando me pongo a escribir. Espero que tú también aprendas algo, aunque solo sea sobre las vueltas que da la vida.

miércoles, 15 de julio de 2015

Lectura de verano: historia de una enfermera (III)

[Ver la primera parte pinchando en este enlace y la segunda, en este otro]

Capítulo II (2)
Ser enfermera en la España de los ochenta: el Colegio.

La Presidenta del Colegio era una persona fascinante, alguien a quien respetábamos y admirábamos; unos diez o doce años mayor que nosotras (o sea mayor), había sido muy conocida en los últimos años del franquismo y primeros del posfranquismo, por protagonizar, junto con algunas otras enfermeras, médicos residentes y otro personal, encierros y asambleas contra las políticas educativa y sanitaria del Gobierno y otras historias más directamente políticas.
A principios de los años 70, esta y otras compañeras decidieron tomar los colegios franquistas y convertirlos en organizaciones al servicio de la lucha por la democracia. Ganaron por una gran mayoría, echaron a muchos de los burócratas que se habían parapetado en el colegio, procedentes del Movimiento y del Sindicato Vertical y empezaron a cambiar algunas cosas importantes.
Esta, que te contaba en la anterior entrega, de las bolsas de empleo públicas y transparentes fue una de ellas, pero también empezaron a hablarnos de una enfermería totalmente distinta de la que me habían hablado en la Escuela, una enfermería, como en otros países europeos, convertida en profesión independiente con conocimientos propios y no como la de nuestra época, meras subordinadas, entre secretarias y auxiliares, del médico, a veces limpiadoras o pinches o simples chachas, incapaces de tener voz propia y de expresar nuestras ideas sobre otras formas mejores de hacer nuestro trabajo y de atender a los pacientes.
En aquellos primeros '80, como he contado antes (ya sé que tú lo sabes mejor que yo, Juan; lo hago por si algún día publicas esto y hay gente joven que quiere tragarse este rollo), había accedido al poder el primer Gobierno socialista. Aquella experiencia fue al principio fantástica en lo profesional, pero no tanto en lo laboral. Lo que unos años después empezaría a denominarse Sistema Nacional de Salud [SNS] había crecido en los últimos 15 años de una manera extraordinaria; no solo la construcción en los '60 y primeros '70 de los grandes hospitales-emblema, como La Paz, La Fe, Virgen del Rocío, Juan Canalejo, Cruces, Bellvitge, Puerta de Hierro... sino también porque se empezaban a abrir hospitales de 300 o 400 camas en muchas pequeñas capitales de provincia donde solo existían vetustas clínicas de la Diputación, el Ayuntamiento, Cruz Roja, la Iglesia Católica... El mío fue uno de ellos.
A partir de entonces, la cosa, como que se desenfrenó para la Enfermería. No sé si hubo una conjunción astral o la lámpara de Florence iluminando conciencias e inteligencias…
O, más simple: dado que la Clase Médica fue un estamento absolutamente cómplice durante los 40 años de franquismo, donde se le permitieron toda clase de corruptelas y corrupciones, y totalmente enfrentado a los intentos regeneradores durante la transición (exceptuando a las nuevas camadas de MIR y adjuntos más jóvenes, estamentos muy alejados -como nos pasa ahora a las enfermeras, qué curioso- de los órganos políticos con capacidad real de negociación de la profesión), fue puesta bajo sospecha por los socialistas: tardó al menos 10 años más en empezar su proceso de regeneración/depuración corporativa (y otros diez más en completarlo), durante los cuales una enfermería emergente, progresista y entusiasta, con ganas de comerse el mundo, sirvió de leal apoyo profesional a los primeros gobiernos socialistas. Que fueron, al menos al principio, agradecidos.
Entonces no nos enteramos mucho, porque los árboles (laborales) de la fuerte crisis económica de los primeros ochenta nos impidieron ver el bosque (profesional) de los años de progreso. Pero lo cierto es que en solo seis o siete años, la situación de la enfermería había dado un enorme vuelco.
Y no menos cierto que el Colegio era entonces, con sus -crecientes- defectos y sus -menguantes- virtudes, una fuerza benigna que nos ayudó enormemente a salir adelante como profesión, una especie de Cúpula bajo la cual refugiarse frente a las tarascadas médicas y las agresiones políticas. 

Luego, todo esto se estropeó. Perdón: lo estropearon, unos por pasiva, otros por activa...

Ya llegaré a eso, Juan, aunque tú conoces bien la historia, sin duda mejor que yo.


[Próxima entrega del Capítulo: "El lustro de oro"]


martes, 14 de julio de 2015

Lectura de verano: historia de una enfermera (II)

[Ver la primera parte pinchando en este enlace]

Capítulo II (1)
Ser enfermera en la España de los ochenta: la 'precariedad' laboral.

Los ochenta fueron los años de oro de la Enfermería española; con sus luces y sus sombras, sin duda, pero muchas más de aquellas que de estas.
En esta carta te hablaré del apasionante contexto político del momento. Iba a decir “tal como lo viví”, pero no; cierto es que lo presencié, pero yo era demasiado joven para tener perspectiva y solo de adulta he sido capaz de comprender el enorme salto adelante que vivía la profesión mientras yo me afanaba en hacerme mayor en lo personal y lo profesional y no perecer en el intento. Es decir, para "vivirlo", desde una perspectiva experiencial (perdón por el palabro).
Vayamos por partes. Entré, como ya te dije, en el año 1979 en la Escuela de Enfermería, donde me diplomé tres años después, aunque una primera y desafortunada relación con un chico egoísta e inmaduro me hizo perder el sentido de la realidad y por poco si abandono los estudios. Afortunadamente conseguí reconducir las cosas y, aunque en septiembre y por los pelos, terminé la Carrera en 1982. Y, naturalmente, corrí a colegiarme y a apuntarme en la Bolsa de Empleo.
Las Bolsas de Empleo para enfermeras, y creo que también para los médicos, las llevaban entonces los colegios. Era un tema muy importante porque en aquella época aún se conseguía la plaza fija en enfermería al cabo de unos pocos años gracias a los 0,35 puntos que te daban por cada mes completo trabajado y a puntos adicionales que conseguías yendo a cursos, que generalmente organizaba el propio colegio o los hospitales del Insalud (pronunciado Insálud, vaya usted a saber por qué), publicando artículos, etc. O sea, ibas acumulando puntos y cada equis tiempo (una vez al año, creo recordar, o igual era todos los meses, ya me falla la memoria) se ofertaban plazas "en propiedad" (¡qué certero es a veces el lenguaje!) y se cubrían, sin oposición ni más zarandajas, mediante el Concurso Abierto y Permanente (CAP), siendo adjudicadas a quienes en ese momento tenían las mayores puntuaciones. Simplemente enlazando contrato temporal tras contrato temporal, ya que en aquella época no había paro o era anecdótico, obtenías acceso a una interinidad, de la cual salías hacia la plaza fija cuando tu puntuación era ya la necesaria para obtener vacante en el CAP.
Trabajo casi permanente, aunque temporal, con 22 o 23 años y plaza fija de por vida con 26 o 27 años sin tener siquiera que preparar oposiciones: igualito que ahora, ¿no? Pues que sepas que entonces nos quejábamos un montón de la precariedad... ¡qué cosas!
En mi caso, obtuve la plaza fija en 1987, con 26 años recién cumplidos.



[Próxima entrega: "El Colegio"]

lunes, 13 de julio de 2015

Lectura de verano: historia de una enfermera (I)

Primera parte: Aurora se presenta.

Hola, Juan. Te mando estas notas en respuesta a la solicitud de testimonios de enfermeras que hiciste en tu blog; ya sé que pediste testimonios cortos, pero empecé a escribir y no supe cómo acabar, al empezar abrí una especie de caja de Pandora y simplemente seguí y seguí y seguí escribiendo... hasta completar todas estas excesivas páginas. Haz con ellas lo que mejor te parezca, para mí ha sido balsámico escribir esta especie de autobiografía y testimonio de toda una época.
Me llamo Aurora. Nací en 1961 en una pequeña capital de provincia de la España de interior. Familia de clase media de las de la época (o sea, mucho trabajo, pocos caprichos), vivíamos exclusivamente de los ingresos de mi padre, oficinista pluriempleado. Mi madre era ama de casa, aunque antes de casarse opositó y saco una plaza de administrativo en la Caja de Ahorros, trabajo que abandonó cuando se quedó embarazada de mi hermana mayor.
Soy la pequeña de tres hermanas. La mayor estudió hasta el bachillerato elemental (como la ESO de ahora, más o menos) y es funcionaria de Hacienda; la del medio acabó su bachillerato superior y ahora es, con 57 años, prejubilada de la Caja de Ahorros. Yo, que siempre fui mejor estudiante que ellas, decidí con el apoyo de mis padres estudiar una carrera universitaria. Corría el año 1979 y enfermería parecía una elección óptima; acababa de ser convertida en titulación universitaria, era una carrera corta, de tres años, y podía estudiarla sin abandonar mi ciudad porque el hospital de la Seguridad Social, abierto apenas cinco años antes, albergaba una estupenda Escuela de Enfermería.
¿Vocación? No, rotundamente, no. Si hubiera seguido mi vocación, habría estudiado alguna ingeniería o Arquitectura, Económicas incluso, aunque en aquella época eran aún pocas las mujeres que hacían carreras de grado superior, si quitas Filosofía y Letras, Veterinaria o Derecho... Pero no quería tener que marcharme de mi ciudad y las únicas posibilidades entonces eran Enfermería o Magisterio y, sinceramente, la docencia no era lo mío; quizás por la pésima opinión que me formé de las mías propias, las maestras me parecían personas adocenadas y aburridas y yo quería algo más de vida e ilusión en mi futura vida profesional.
Mirado ahora con perspectiva, aunque cobarde –estaba demasiado enmadrada, lo reconozco–, no fue una mala decisión. Me gusta la enfermería, me gusta ayudar a la gente, me gusta estudiar y compartir y ahora que, ya ves tú, dedico algo de mi tiempo a la docencia como Profesora Asociada en el Departamento de Enfermería, he desarrollado cariño por los alumnos y respeto por la ocupación. Y por la palabra Maestro.
Como suelo decir, mi vocación enfermera fue sobrevenida. Cuando oigo decir que lo más importante para decidirse a estudiar Enfermería es hacerlo impulsado por una fuerte vocación (más o menos, una llamada) no puedo menos que sonreír: entre los cientos de enfermeras, especialmente entre las decenas con las que he podido tener conversaciones más pausadas sobre la profesión, diría que al menos dos tercios ingresaron en las escuelas fundamentalmente por razones bastante más pragmáticas. Quizás hoy, con las pésimas perspectivas laborales de salida que aguardan a las muchachas y muchachos que se animan a entrar en las flamantes facultades, sea más cierto: hay que tener valor y decisión, impulsadas quizás por una gran ilusión. Pero no en mi época, de la que te hablo enseguida.