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martes, 8 de septiembre de 2015

Lectura de verano: historia de una enfermera (XXIV)

Capítulo IX
Aurora en la administracion: lecciones aprendidas (2)
Si es nuevo en la serie, disfrute la primera temporada completa
Si se perdió las entregas anteriores de esta segunda temporada aquí las tiene:
Primera Segunda Tercera Cuarta Quinta Sexta

- ¿Por qué crees que estás tan mal considerado en la unidad?
- Porque paso bastante, me llevo bien con la gente pero le echo un poco de morro…
- Y eso, ¿por qué?
- Me aburre el trabajo y me fastidia la supervisora, está en guerra conmigo desde el mismo día que entré en la unidad. Me gustaría tener otro trabajo más creativo y diverso o más… no sé… menos físico, con más retos profesionales… Esto es a, b, c...
- ¿Por qué crees que te aburre este trabajo?
- ¿Sinceramente? No me gustan los viejos, no me gusta cómo huelen, cómo finjen que chochean para tratar de engañarte, cómo esperan todo el rato que les des sus caprichos y gritan cuando no vas al minuto… No me gusta el escaqueo sistemático de los familiares, a fin de cuenta el problema es suyo… La verdad, no es que me aburra, es que no me gusta, lo aborrezco.
- ¿Por qué crees que aborreces tanto a los viejos?
- He perdido mi alma enfermera [jejeje, risa nerviosa], ya no me gusta mi profesión… Es un completo suplicio venir cada día, me afecta ya en mi vida personal, con mi mujer y los niños… Me gustaría saber dedicarme a otras cosas pero tengo claro que lo único que sé hacer es esto, no valgo para nada más ni tengo fuerza de voluntad para estudiar otra cosa. Así que es un suplicio saber que tendré que estar al menos 20 años en esta mierda de profesión.
- ¿Y por qué crees que aborreces tanto tu profesión?
- A ver… Yo pedí el traslado aquí porque es un sitio mucho más tranquilo que la planta de Trauma del hospital en la que trabajaba. Esto es muy, muy tranquilo, el turno de noches es fijo, así que no te toca cada tres semanas, todo está súperpautado y el trabajo duro lo hacen las auxiliares, para qué engañarse… Sé que sacrifiqué mi alma enfermera, si es que algo así existe, en el altar de la comodidad, pero, créeme, estaba agotado, llevaba 11 años con noches, festivos, navidades… Tenía ya dos hijos que también agotan al más pintado, mi situación laboral exigía un poco más de orden y me busqué la vida: quise ir a primaria pero en el concurso de traslados no tenía los puntos suficientes ni de coña, había un montón de viejas que suspiraban por prejubilarse ahí…
Así que aterricé aquí, que no quiere venir casi nadie con plaza fija. Y ahora añoro mi complicada y atroz planta de Traumatología. Allí era enfermero, me enfrentaba a toda clase de incidencias y retos, tanto de los pacientes, muy variados y con problemas que obligaban a pensar y planificar, como de los cabrones de los médicos que solo pensaban en cómo quedar por encima de ti, de aplastarte para que reconocieras por fin que no eras más que su ayudante o su secretaria, que lo tuyo era un oficio, no una profesión como la suya; había que ser bueno para que te respetaran. Y yo lo era, era muy muy bueno, Aurora. Y me respetaban. Allí era un luchador, pero aquí soy una especie de autómata, un auxiliar bien pagado. Odio este sitio pero estoy encadenado a él mientras no tenga puntos suficientes para irme a primaria. Y calculo que aún me quedan cinco o seis años, joder...

En fin, Juan, aquello fue la gota que colmó el vaso. Me di cuenta de que no tenía recursos para solucionar situaciones gravemente dañinas para todos. Y decidí regresar a lo que sé hacer, creo que muy bien: atender a las personas.

Ye te iré contando... Besos,
Aurora 

FIN DE LA SEGUNDA TEMPORADA





lunes, 7 de septiembre de 2015

Lectura de verano: historia de una enfermera (XXIII)

Capítulo IX
Aurora en la administracion: lecciones aprendidas (1)
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Si se perdió las entregas anteriores de esta segunda temporada aquí las tiene Primera Segunda Tercera Cuarta Quinta

Incluso, fíjate, aprendes a entender un poco más a los pasotas, happyflowers y demás fauna “disfuncional” que tanto nos irrita cuando compartimos control o sala. Muchos han intentado modificar sus conductas mediante la persuasión, la exhortación, el palo y la zanahoria. Y han fracasado una y otra vez, por lo que finalmente se les pone la etiqueta de “irrecuperables” y el principal objetivo es que fastidien lo menos posible.
No se dan cuenta de que no es posible modificar –al menos de manera que persista en el tiempo– conductas, si no se modifican antes actitudes; y ahí no se trabaja, sigue vigente una concepción primitiva de tipo pavloviano condenada al fracaso.
Me niego a creer que haya chicas y chicos de 20 años con tan mala baba que se decidan a estudiar enfermería para putear a los pacientes, a sus compañeros y al "sistema". A ver, alguno habrá con un gran "crujido mental" de este tipo, pero creo absolutamente que no es así de manera significativa. Luego habrá que pensar que en la generación de "disfuncionales" y "anómicos" tendrá mucho que ver la interrelación persona-sistema, ¿no? Durante su socialización en el pregrado (fun-da-men-tal) y durante su primera experiencia laboral. Ya sé, ya sé... el sistema no se va a adaptar a las peculiaridades de cada uno de sus trabajadores, faltaría más, pero sí hay que decir que culpar en exclusiva a las personas de su evolución a lo largo del sistema no es sino engañarse. La micro-gestión era entonces una porquería amateur en manos de enchufados-jetas o pardillos-voluntaristas y me gustaría pensar que hoy en día ya no es así... pero no estoy muy segura.
Cuando te acercas “desde fuera” y aplicas el famoso método de los cinco porqués, en un entorno íntimo y seguro, sorprende la cantidad de información que extraes.
Te voy a contar una historia real: Moisés, 39 años, 16 de profesión. Llevaba cuatro años en un centro de media y larga estancia. Desde que llegó había seguido una evolución muy negativa en cuanto a esfuerzo y rendimiento que le había llevado a ser una grave fuente de conflictos en la unidad, no tanto en el plano relacional con los compañeros, como por parte de la supervisora, harta de aguantar las quejas de médicos, de auxiliares  –a las enfermeras las camela bien–  y de familiares de pacientes:


sábado, 5 de septiembre de 2015

Lectura de verano: historia de una enfermera (XXII)

Capítulo VIII
Aurora en la administracion (5)
Si es nuevo en la serie, disfrute la primera temporada completa
Si se perdió las entregas anteriores de esta segunda temporada aquí las tiene Primera Segunda Tercera Cuarta

Aún me quedé unos meses, casi casi un año, mareando la perdiz, hasta que pedí volver a la clínica. Por lo que vi, podría haberme quedado, no sé si toda la vida, pero desde luego unos cuantos años más viviendo del cuento; se me hizo algún encargo concreto, más bien de documentación o de redacción de discursos y preparación de powerpoints para los jefes y para la enfermera alfa, preparé algunas cosas mías para congresos, participé en un par de mesas redondas... y poco más.
¿Mi experiencia en “La Administración”, ese ámbito profesional difuso que no es exactamente gestor, tampoco directivo? Agridulce. Yo diría que un balance personal más positivo que negativo, a pesar de los vividorazos que encuentran aquí su sustrato perfecto, y que incluso lo negativo ha acabado teniendo algunos efectos positivos en mi manera de ver las cosas.
Aprendí un montón. A ver… No aprendí “cosas” concretas que me sirvieran luego para empezar a hacer mejor las "cosas" de siempre o hacer “cosas” nuevas, pero sí me dio una cierta madurez intelectual, una manera diferente de mirar las cosas, incluso, fíjate Juan, aprendí a mirar la enfermería desde fuera, eso que tú siempre dices que es tu principal ventaja.
Cuando te acercas a otras enfermeras, a mirar lo que hacen y cómo lo hacen (y lo que no hacen y por qué no lo hacen), no con ojos de compañera o de jefa, sino de “investigador”, entiendes muchas cosas que antes no entendías. El enorme mérito que se esconde en pequeñas tareas que pasan desapercibidas pero que esconden una actitud firme y entregada: la grandeza de lo pequeño y cotidiano. Todo eso que se reserva dentro del "equipo" y que nosotras mismas no valoramos porque forman parte de “lo de cada día” y que, por tanto, no enseñamos a valorar y apreciar fuera de nuestro pequeño mundo.
Entre otras cosas, los "marrones", de los que no se trata solo de salir como mejor se pueda para uno/a mismo/a  –algo muy de médicos si se me permite, la famosa "teoría del browning"–, sino de salir solidariamente, tratando de fijar soluciones para que el resto del equipo no caiga otra vez en las trampas que todos (¡todos!) los demás nos ponen para zafarse de sus propias responsabilidades. (¡Tu calidad de vida al respecto depende mucho de la supervisora con la que cuentas como presa de contención!). Empezando por los médicos, como ya he dicho, pero siguiendo con los administrativos, sobre todo de Admisión, Urgencias y Archivo, y acabando con los celadores, pinches y demás fauna parasanitaria, que son como los pimientos de padrón: unos pican y otros no. Si no pican... bueno, tienen una gran capacidad para hacerte la vida muuuuy difícil y el turno muuuuy largo, parece mentira pero es así.
Caso aparte en esta estrategia escapista son los familiares de los pacientes, pero a fin de cuentas estos no cobran, sino que son, como se hartan de racalcar para reforzar sus tácticas egoístas, en muchos casos legítimamente porque están simplemente agotados, quienes "me pagan el sueldo".
Luego hay quien dice que no podemos ocupar posiciones de responsabilidad gestora... Ningún estamento como la enfermería está tan habituada a hacer gestión en su día a día asistencial. Y en general, saliendo airosos, solucionando los problemas y tapando las carencias y vergüenzas ajenas.
Ay, perdona, Juan... aquí ya he mezclado lo objetivo con lo subjetivo, se me va la pinza... Mañana trataré de subsanarlo.


viernes, 4 de septiembre de 2015

Lectura de verano: historia de una enfermera (XXI)

Capítulo VIII
Aurora en la administracion (4)
Si es nuevo en la serie, disfrute la primera temporada completa
Si se perdió las entregas anteriores de esta segunda temporada aquí las tiene Primera Segunda  y Tercera


“El equipo de la dirección general ha revisado todo el material y lo primero que tengo que hacer es daros la enhorabuena por el trabajo realizado. Es una gozada poder haber reunido tanta materia gris, personas tan capacitadas, blablabla...
Lo único, sin duda culpa nuestra eh… quizás no lo explicitamos de manera clara al comienzo, claro… es que el desarrollo de algunas de las propuestas del documento, eh… implicaría unos costes que, por lo que nos comenta el director general económico de la Consejería, eh… tal vez… bueno, no tal vez, seguramente… eh… no sería fácil… bueno, sería imposible de presupuestar en un entorno financiero restrictivo blablabla...
En nuestra opinión, en esto está de acuerdo el Consejero, eh… creo… creemos que habría que pulir algunas de estas propuestas, ahora lo comentan los técnicos de la dirección general más en detalle… habría que someter a debate público, estamos en una sociedad democrática, las propuestas definitivas que salgan adelante.
Así que publicaremos y presentaremos el documento.. un libro… lo pasaremos a los agentes sociales y a los medios de comunicación para el debate… como he dicho… y daremos un plazo razonable para que podamos incorporar las propuestas… eh… razonables y presupuestariamente… eso... razonables… eh… y prepararemos un documento de amplio consenso que la Consejería… el Consejero pueda presentar al Consejo de Gobierno, eh… para que este nos autorice a preparar un proyecto de ley que en un plazo razonable pueda ser presentado a la Asamblea Regional para su debate, eh… tal vez en la Comisión de Sanidad… probablemente… presentado, claro, a los medios de comunicación con el énfasis que un trabajo tan riguroso se merece y… eh… que al tiempo sea un refuerzo de nuestra política sanitaria progresista y del equipo de la Consejería”.
O sea, que lo que querían era un libro para que, como sucedió un par de meses después, el consejero y el propio director general salieran en la televisión y prensa locales, en la prensa sanitaria y la sección de sanidad de algunos periódicos de ámbito nacional. Y en algún que otro congreso sanitario. Punto.

¡Un puto libro!, perdón por la licencia...


jueves, 3 de septiembre de 2015

Lectura de verano: historia de una enfermera (XX)

Capítulo VIII
Aurora en la administracion (3)
Si es nuevo en la serie, disfrute la primera temporada completa
Si se perdió las entregas anteriores de esta segunda temporada puede recuperar aquí la primera entrega y aquí la segunda 

Lunes, 17 de febrero de 1997.
Jueves, 17.00 horas de la tarde. Grupo de Trabajo de sistemas de información en cuidados crónicos. Nueve asistentes: tres médicos de la dirección de Planificación; el subdirector general de organización y métodos; una trabajadora social, un geriatra y un tercero sin perfil conocido; un psicólogo clínico; un informático (creo); un asesor jurídico (sí, un abogado); y dos enfermeras, una servidora entre ellas. La otra enfermera era subdirectora asistencial de un hospital de media y larga estancia. Para mí, la única que realmente sabía algo de entre todos todos nosotros. O al menos así me lo pareció... después de descartar que muchos de los otros tuvieran la más mínima idea sobre el tema (y percibir claramente que, además, les habían llevado allí a rastras, como para hacer bulto).
“¿Café, alguien? Agua tenéis en la mesa auxiliar... Estamos a la espera del director general, que se ha mostrado muy interesado en venir a conoceros y en dar su visión sobre el magnífico trabajo que estáis realizando. También podréis preguntarnos todo aquello sobre lo que tengáis dudas y luego mantendremos un debate para ver cómo podemos encauzar mejor los resultados intermedios que estamos obteniendo. Eh... ¿café, alguien más?”.
Tras 20 minutos de espera aparece el gurú, mediana edad (unos 50), cara de listo, feo como un diablo pero encantado de haberse conocido. Sonrisa forzada pero que él ensaya para que quede cercana. Viste a medias entre formal e informal (americana y corbata aflojada con chaleco de punto y mocasines; no te lo vas a creer, pero los calcetines eran blancos, lo juro).
Nos pregunta a aquellos a quienes no nos conoce nuestra filiación profesional-administrativa y nos dice “encantado” y “gracias” a todos y cada uno. Bebe café, bebe agua y empieza a hablar.
Te juro, Juan, que en ese exacto momento sentí que aquello no tenía buena pinta...


miércoles, 2 de septiembre de 2015

Lectura de verano: Historia de una enfermera (XIX)

Capítulo VIII
Aurora en la administracion (2)
Si es nuevo en la serie, disfrute la primera temporada completa
Si se perdió la entrega de ayer puede recuperarla aquí antes de seguir 


Dieron comienzo los trabajos. Visitas a centros sociosanitarios, hospitales de media y larga estancia, unidades de cuidados paliativos, una breve visita a dos hospitales de diputaciones provinciales de otras comunidades autónomas donde se estaban desarrollando interesantes experiencias (y se comía un magnífico cochinillo) y mucho trabajo de despacho, cuestionarios que enviar y recibir, bibliografía y documentación que revisar, subrayar y resumir en fichas... Semanas y semanas de trabajo bonito, creativo, tareas en la cual la mayoría de nosotras, las enfermeras, aprendimos más de lo que aportamos.
Los resultados intermedios que íbamos obteniendo los trasladaba nuestra Coordinadora a los plenarios con las diferentes unidades directivas del Servicio de Salud. Lo que en esas reuniones sucediera quedaba absolutamente fuera de nuestro alcance. El feedback era absolutamente inexistente. Siempre había ido "todo muy bien", lo cual nos tranquilizaba mucho.
Y llegó el momento de empezar a dar forma al documento definitivo, para lo cual habría que crear varias comisiones mixtas; así que había llegado el momento de confrontar todo lo que aprendimos sobre enfermería sociosanitaria con el resto de la organización.
Un desastre. Sin paliativos (ni cuidados, ni de los otros). Pongo un ejemplo y resumo en él el resto de las surrealistas comisiones mixtas... así como el resultado final de todo esto.




martes, 1 de septiembre de 2015

Lectura de verano: historia de una enfermera (XVIII)

Capítulo VIII
Aurora en la administracion (1)
Tras el paréntesis de agosto, continuamos con la temporada 2.
Si es nuevo en la serie, disfrute la primera temporada completa

En el año 1994 mi vida profesional se volvió de lo más estimulante: me invitaron a incorporarme en comisión de servicios, “durante un período no inferior a seis meses ni superior a un año” (aunque al final duró casi dos años y medio), a los Servicios Centrales de la Consejería de Salud como asesora para la estrategia de asistencia sociosanitaria que se estaba diseñando.
No lo entendí muy bien, ya que entonces mi experiencia práctica sobre el tema era muy limitada, pero pensé que era un orgullo, y muy necesario, que contaran con enfermeras a la hora de diseñar estos programas. En aquellos momentos, había salido como alma que lleva el diablo de hemodiálisis y llevaba un año y medio en la Unidad del Dolor. Morfina, cáncer, viejos, paliativos... “¡sociosanitario total!”, debió ser el endeble esquema mental de un(os) valedor(es) que sinceramente nunca llegué a saber quién(es) fue(ron).
Tras algunos papeleos que se demoraron “lo normal”, aterricé en la Consejería después del verano de 1994. Me incorporé a un reducido grupo de enfermeras procedentes, como yo, del ámbito asistencial, a excepción de nuestra Coordinadora, una enfermera más o menos de mi edad que tuvo el buen juicio de aprobar una de las últimas oposiciones de enfermera de Asistencia Pública Domiciliaria, los famosos APD (*). A hombros de buenos padrinos y/o madrinas, duró en la asistencia menos que un iPhone6 en la puerta de la SGAE... Así llevaba desde 1983 o 1984, primero en el Ministerio, después en la Escuela Nacional de Sanidad, de vuelta al Ministerio, luego en la Consejería de Sanidad de Castilla-La Mancha, una breve incursión en la Dirección de Enfermería del Hospital Carlos III (entonces, creo recordar, "Hospital del Rey") y finalmente en la Consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid.
Ella era, en estos entornos gubernamentales, la voz de la enfermería “progresista” nacional. En realidad, como entendí al poco de empezar a trabajar con ella, la enfermería era una buena disculpa para alguien que no aspiraba a grandes responsabilidades políticas ni técnicas, sino más bien a vivir del cuento con un perfil bajo, como se dice ahora. Un discurso absolutamente oxidado y estereotipado que, no obstante, era recompensado con grandes aplausos allí donde le dejaban evacuarlo, gracias al "nena, tú vales mucho" con que salpicaba su discurso para dar una pequeña satisfacción emocional al sufriente auditorio enfermero. Y, eso sí, claro, un sueldito, con unos complementos de productividad y trienios crecientes; un despachito; congresos y comisiones mixtas de transferencias para viajar algo; gente a la que mangonear y con la cual firmar los artículos que escribíamos todas menos ella... Todo un personaje.
Lo malo es que daba el perfil de lo que los organismos públicos podrían esperar de las enfermeras, algo tan injusto como inevitable: ella era La Enfermería, así con mayúsculas y en negrita. No era una gran intelectual ni tenía una gran preparación técnica, pero era lista, obsequiosa y obediente. Y tenía buen ojo ‒no lo digo por mí, malpensado, no soy tan fatua‒  para rodearse de gente que supliera sus (importantes) carencias.
(Creo que unos años después aterrizó en el Ministerio, donde ha vuelto a tener estos últimos años una gran presencia, metamorfoseada en esta época mariana como la voz de la enfermería "técnica". En fin...)

(*) En realidad ATS/DUE Titulares [nota del revisor].


viernes, 31 de julio de 2015

Lectura de verano: historia de una enfermera (XVII)

Capítulo VII
El 'cuerpo sufriente' (5)


El caso es que el ambiente en la unidad era irrespirable, tóxico, gracias a lo cual el nivel de rotación del personal era enorme, algo que incide directamente en la calidad y seguridad de la asistencia a los paciente, en la confortabilidad y satisfacción de éstos y en los esfuerzos, tan de moda entonces, de "humanizar" la asistencia, que debería ser algo más que un eslogan. Te comenté antes que el paciente crónico tiene aversión a los cambios y allí había cambios de personal constantes: raro era el mes en que no hacíamos una cena de despedida a algún compañero que tiraba la toalla y conseguía un destino más humano. El personal de hemodiálisis, como el de otras unidades altamente tecnificadas, goza de gran reputación y no le es difícil encontrar quien le reclame.
Más complicado era que te dejaran ir, pero entonces había en los centros concursillos de traslados frecuentes, bastante objetivos, ya que se basaban en baremos (más o menos) consensuados con la Junta de Personal, por lo que si obtenías puesto en otro servicio la dirección de enfermería, igual lo ralentizaba, pero no impedía el traslado.
Mi cena de despedida fue en 1993. Parece mentira, como te decía, que el estilo directivo de una sola persona, o su carencia de él, pueda desestabilizar y producir semejante desorden en una organización que precisamente exige estabilidad y orden; y cómo puede incidir sobre las vidas personales de pacientes y empleados, sensaciones amargas que no puedes colgar con el pijama antes de marchar a tu casa, sino que te acompañan casi cada minuto, incluyendo esporádicas visitas a tus sueños que los convirten en amarga vigilia.
Pero lo que más dolor me causaba entonces es que, siendo todo el mundo conocedor de la mala baba de la susodicha y de sus nefastas consecuencias asistenciales y laborales, nadie, ni desde la Gerencia ni desde la dirección Médica, tomara cartas en el asunto, a pesar de que la dirección de Enfermería cursara (¡espero!, eso afirmaba) frecuente quejas de enfermeras y auxiliares, y de que la Junta de Personal sacara el tema algunas veces en sus reuniones con la Gerencia y Recursos Humanos.
En fin, en marzo de 1993 solicité y obtuve un traslado a la flamante Unidad del Dolor, recientemente creada, en la que médicos de diferentes especialidades y enfermeras funcionábamos de manera muy diferente a la tradicional que yo conocía, de una manera que hoy en día, cuando lo recuerdo, se asemeja bastante a lo que se pretende -o presume- ahora con las polémicas Unidades de Gestión Clínica.



FELICES VACACIONES (A QUIENES LAS TENGAN).

SEGUIMOS LA PRIMERA QUINCENA DE SEPTIEMBRE

(Enlace a la Segunda temporada, pinche aquí)


jueves, 30 de julio de 2015

Lectura de verano: historia de una enfermera (XVI)

La Jefa de Servicio de Nefrología, que para los pacientes era todo sonrisas, educación y calor, con el personal era una tirana. Tenía una sensación de propiedad personal sobre el servicio verdaderamente enfermiza. Desde lo físico, como puede ser dónde cuelgas la lista de teléfonos en el control o cómo colocas las cajas de sueros en el almacén, hasta las personas: era capaz de entrar chillando en el control y decirles a las auxiliares que el cuarto de sucio es una pocilga, que no saben hacer nada y que si ella dice que una caja se deja en tal sitio, se deja por sus cojones. Lo siento, pero era su refinado léxico.
O que ante las protestas porque alguien hubiera conectado a fulano antes que a mengano, te dijera desairada y en público que “si va a tener que dejar su consulta para que las cosas funcionen porque tú seas una negada”. Si tratabas de hacer algo que se saliera de su rutina, pero que para el paciente podría solucionar un problema e insistías, su respuesta era siempre la misma: “te he dicho que las cosas aquí no se hacen así y punto...”. No se mezcla con las enfermeras, todo el mundo la trata de usted y de doctora tal. Y si alguien no lo hace, se lo recuerda. Y por supuesto, si te la encuentras por un pasillo no esperes que te salude.
El trato era así con las enfermeras, pero también, si no peor, con los residentes. Que pasaron también su infierno particular... La médico encargada de la Sala, para mí era distinta. Recién acabada, gran diferencia. Escuchaba lo que le decías, aceptaba sugerencias, respondía preguntas, lo normal. Solo que estaba tan asustada ante la hidra de siete cabezas como el resto del personal. O más, dado que ocupaba la plaza de FEA como interina y era más sencillo cortarle la cabeza que al resto del personal.
Un detalle, a los galenos se les trataba de usted y de doctor. Pero ellos te llaman de tú. Hoy también sigue pasando en muchos hospitales o servicios. Son las propias enfermeras las que aceptan el trato desigual, todas tragan con la cabeza agachada. Esto era así y sigue siendo así, parece que no hay solución... Mira que la cosa es sencilla: o todos de usted o todos de tú. Vale que la gente tenga miedo, pero ahí la supervisión tendría que pegar un puñetazo en la mesa... por no decir en los morros de alguien.
Pero vamos, que en los hospitales era así en casi todos, si no en todos, los servicios. No en hemodiálisis sólo. Es la diferencia entre la especializada y la primaria. En la primaria tienes compañeros, en la especializada... farolas con bata.
Ah, ya te he adelantado que ahora estoy en primaria... No te queda nada hasta que lleguemos a eso…

[Próxima entrega, "El cuerpo sufriente (5)"]




miércoles, 29 de julio de 2015

Lectura de verano: historia de una enfermera (XV)

Capítulo VII
El 'cuerpo sufriente' (3)


Sé que tenía que hablarte del año y medio que desempeñé el puesto de supervisora de la Unidad, pero ahora me apetece más contraponer dos realidades y cómo un solo detalle puede significar pasar del cielo, al infierno (ser "alma mística" o "cuerpo sufriente", perdona por la broma).
Nos casamos y al poco él terminó la residencia. Pero en nuestro hospital, todas las plazas de adjunto estaban ocupadas. Trabajó discontinuamente y a tiempo parcial en un par de clínicas privadas, pero vimos pronto que allí su carrera no tenía futuro: los médicos adjuntos eran muy jóvenes y no era probable que se crearan más plazas a corto plazo. Y yo, además, estaba ya preparada para soltar amarras, me apetecía cambiar de escenario profesional y personal. Echó mano de algunos contactos y en unos meses encontró una interinidad que parecía bastante estable en el servicio de cardiología de un gran hospital de Madrid.
Costó encajarlo todo, también en lo laboral, pero entonces aún existían concursos de traslados y yo conseguí una comisión de servicios en otro hospital diferente de Madrid, hasta que unos meses después obtuve el traslado definitivo. Cuando me entrevistaron, vista mi experiencia de Diálisis y la poca demanda interna que había para cubrir las plazas de enfermera en esa unidad, empecé directamente en una que, en vez de ocho puestos, tenía 16. Justo el doble.
El trabajo era el mismo. Las compañeras, gente maja de toda España que habían acabado sacando plaza en Madrid. Mucho mejor dotada tecnológicamente; con una plantilla médica mucho más grande, instalaciones preciosas... pero un clima laboral terrible. Asfixiante. Deprimente e irritante.
¿Cuál era la diferencia? El Jefe de Servicio; más exactamente, la Jefa de Servicio.

[Próxima entrega, "El cuerpo sufriente (4)"]


martes, 28 de julio de 2015

Lectura de verano: historia de una enfermera (XIV)

Capítulo VII
El 'cuerpo sufriente' (2)

Si mi experiencia fue tan buena fue porque formábamos un equipo de enfermería muy competente y solidario, a diferencia de la unidad de la que me acababa de marchar (sin generalizar). Además, cuando recalé en hemodiálisis, el personal médico de la Unidad era un pequeño grupo de nefrólogos fantásticos. Fantásticos como médicos y fantásticos como jefes, como compañeros y como empleados. Al Jefe del Servicio le veíamos poco; en aquella época empezaban las litotricias extracorpóreas de nueva generación y le habían regalado los reyes magos del Insalud el juguetito, así que estaba bastante entretenido. Aun así, cuando pasaba por la Unidad se mostraba tan distante como respetuoso. No es poco.
Pero los adjuntos, un hombre y una mujer, sabían valorar nuestro trabajo. Primero, por motivos puramente egoístas, les liberaba a ellos de una responsabilidad y dedicación que les quitaría tiempo para atender a los pacientes ingresados y las consultas externas, pero también para hacer curriculum con proyectos de investigación, en muchos de los cuales nuestra información era crucial.
Lo más importante es que, tanto el Jefe como los adjuntos, confiaban en nosotras, sus enfermeras. Sí, Juan, aunque a algunas les dé repelús… Ellos eran nuestros médicos y nosotras sus enfermeras. Había una jerarquía un poco clasista, naturalmente, pero yo ya había aprendido que para una enfermera es tan importante saber lo que debe hacer, porque está preparada y autorizada para ello, como lo que no debe hacer porque no está preparada y/o autorizada. Y cuando ellos lo constatan, descansan con tu autonomía tanto como tú con dejar de notar su aliento todo el tiempo en el cogote.
Bien es cierto que todo esto es dinámico. Ayer no estás preparada, pero mañana igual sí. Y eso significa que cosas que ayer no podías hacer, pasado mañana (fíjate que no digo “mañana”: estas cosas llevan su tiempo), igual sí. Además, tienes a los residentes, con quienes se establece, si les dejan, una relación de quid pro quo: tú me enseñas, yo te enseño; tú me cubres, yo te cubro. Igual tú no, porque no eres del ramo, pero muchas compañeras ya conocen la situación de extrema dependencia de los residentes con respecto a las enfermeras y no solo el primer año, no te creas...
Ahora es cuando entra en escena lo personal. Estando ya en la Unidad de Hemodiálisis empecé a estrechar la relación con un médico residente de cardiología a quien ya conocía y con quien había pasado, de salir en grupo con otras compañeras, a salir alguna vez en privado. Era entonces R3, o sea que le quedaba uno o dos años de residencia en el centro.
La cosa fue a más... y a más... y a mucho más y como año y medio después decidimos unir nuestras vidas. Casarnos, naturalmente, mis padres siempre fueron muy tradicionales y aunque la religión hacía tiempo que no jugaba ningún rol en mi vida, no era cuestión de darles un berrinche. Él era vasco, del mismo Bilbao, y tenía un año menos que yo; era entonces 1990, o sea que 28 años. Yo, 29.

[Próxima entrega: "El cuerpo sufriente (3)"]


lunes, 27 de julio de 2015

Lectura de verano: historia de una enfermera (XIII)

Capítulo VII
El 'cuerpo sufriente' (1)


Recuerdo bastante bien una entrada en tu blog que se titulaba “El alma mística y el cuerpo sufriente”. Lo que te acabo de contar, seguro que lo encuadrarías como parte de esa “alma mística” tan querida a las teóricas de la enfermería (y a muchas almas cándidas que la pululan), pero sé que esperas que te hable también de ese “cuerpo sufriente” que tiene que ver con los muchos y malos inconvenientes de esta profesión. Muchos y malos, algunos muy malos.
Déjame que te ilustre uno de ellos a partir de mi experiencia personal. Para ello creo que tendré que aburrirte un poco más contándote algo más sobre mi biografía profesional, esta vez con un toque algo más personal.
Entré en aquella unidad de diálisis de mi pequeño hospital de provincias en mayo de 1987. Fue un traslado voluntario, consecuencia de una situación muy desagradable (a la que hoy que tanto gustan las palabras en inglés le llamarían mobbing) por parte de un médico adjunto que estaba un poco obsesionado, al principio por mí (no era un pibón, pero tenía mi aquel, no te creas), y luego, al ver que no caía rendida a sus pies (aunque casi cuando se quitaba los zuecos en las guardias, pero era por otras causas menos literarias), por hacerme la vida imposible.
Créeme, Juan. Si un médico le quiere hacer la vida imposible a una enfermera, esta está perdida; sea o no con algo de razón; ni sindicatos, ni junta de personal, ni dirección, ni leches. Solo podía ayudarte una de aquellas supervisoras de raza que eran capaces de pararles los pies porque inspiraban verdadero respeto, incluso a los médicos. Pero eran ya entonces una especie en peligro de extinción... Es igual, me fui y punto. Y me olvidé de él, de hecho no recuerdo ni su nombre.
Como habrás podido apreciar por mi relato, el trabajo en una unidad de Hemodiálisis es realmente duro, constante, exigente técnica y emocionalmente. No es mucho el personal de enfermería –incluyo a las auxiliares, que también llevaban lo suyo– que aguanta más de dos o tres años seguidos. Luego, algunas enfermeras acaban hasta volviendo, cuando se han alejado unos meses o años y han descansado en alguna consulta externa o así y les entra el mono de algo más intenso.


[Próximo capítulo: El cuerpo sufriente (2)]


sábado, 25 de julio de 2015

Lectura de verano: historia de una enfermera (XII)

Capítulo VI
Happyflowers



Yo no sé si alguna de las enfermeras, o de los alumnos a quienes eventualmente pudieras transmitir algunas de estas notas, me entenderá cuando te digo que aquella fue la época de mi vida profesional más plena. Fue cuando realmente entendí de una manera natural, sin necesidad de pesados pedantes que me lo recuerden cada dos por tres, el necesario equilibrio que tenemos que conseguir alcanzar las enfermeras entre la maestría técnica o científica y la humana o relacional. Y que si en estos escenarios por donde pasean de la mano la vida y la muerte, el dolor y el alivio, el llanto y la sonrisa, no te sale del corazón mirar a los ojos o apretar una mano... pues es algo que no cuesta tanto aprender como parte de tu trabajo, algo que tiene en sí poder terapéutico y sentido profesional.
Aquella gente, personas en una situación de extremada dependencia, siempre con miedos, angustias y padecimientos, difícilmente dejarán de despertar empatía y hasta, si no te suena demasiado... maternalista (creíste que iba a caer...), compasión. Aunque no te creas, también compartí sala con enfermeras, digamos, mas light: las happyflowers de labios pintados y peinado perfecto que leen el ¡Hola! y pasan de todo, también existen en las salas de hemodiálisis. Pero en general las enfermeras que conocí se sobreponían cada día al cansancio y la tensión porque entendían perfectamente el sentido de su quehacer profesional, algo que al lado del cansancio también dejaba un intenso sentimiento de satisfacción humana.

Ya sé que soy muy pesada (el "monotema de Aurora"...), pero cuando oigas a alguien repitiendo machaconamente que esta es una profesión vocacional, que o naces para ello o simplemente olvídate y dedícate a otra cosa, háblales en mi nombre de tantas enfermeras (y enfermeros) que recalaron en las escuelas de Enfermería porque no obtuvieron la nota de corte para estudiar Medicina; o porque ellos y sus padres no podían permitirse pagar una carrera de cinco o seis años; o porque, como en mi caso, estudiar lo que más les apetecía implicaba tener que alejarse de sus familias, amigos, ciudad, además de ocasionar unos gastos que requerirían privaciones familiares; y cuéntales cómo con esfuerzo y dedicación acabaron por entender y encarnar el sentido real de esta profesión, su magia y su poder, todo lo que la humanidad y las personas perderían sin ella. Y fueron excelentes enfermeras, de esas que a sus pacientes más cercanos les cuesta olvidar.

[Próxima entrega: el cuerpo sufriente (1)]