viernes, 31 de julio de 2015

Lectura de verano: historia de una enfermera (XVII)

Capítulo VII
El 'cuerpo sufriente' (5)


El caso es que el ambiente en la unidad era irrespirable, tóxico, gracias a lo cual el nivel de rotación del personal era enorme, algo que incide directamente en la calidad y seguridad de la asistencia a los paciente, en la confortabilidad y satisfacción de éstos y en los esfuerzos, tan de moda entonces, de "humanizar" la asistencia, que debería ser algo más que un eslogan. Te comenté antes que el paciente crónico tiene aversión a los cambios y allí había cambios de personal constantes: raro era el mes en que no hacíamos una cena de despedida a algún compañero que tiraba la toalla y conseguía un destino más humano. El personal de hemodiálisis, como el de otras unidades altamente tecnificadas, goza de gran reputación y no le es difícil encontrar quien le reclame.
Más complicado era que te dejaran ir, pero entonces había en los centros concursillos de traslados frecuentes, bastante objetivos, ya que se basaban en baremos (más o menos) consensuados con la Junta de Personal, por lo que si obtenías puesto en otro servicio la dirección de enfermería, igual lo ralentizaba, pero no impedía el traslado.
Mi cena de despedida fue en 1993. Parece mentira, como te decía, que el estilo directivo de una sola persona, o su carencia de él, pueda desestabilizar y producir semejante desorden en una organización que precisamente exige estabilidad y orden; y cómo puede incidir sobre las vidas personales de pacientes y empleados, sensaciones amargas que no puedes colgar con el pijama antes de marchar a tu casa, sino que te acompañan casi cada minuto, incluyendo esporádicas visitas a tus sueños que los convirten en amarga vigilia.
Pero lo que más dolor me causaba entonces es que, siendo todo el mundo conocedor de la mala baba de la susodicha y de sus nefastas consecuencias asistenciales y laborales, nadie, ni desde la Gerencia ni desde la dirección Médica, tomara cartas en el asunto, a pesar de que la dirección de Enfermería cursara (¡espero!, eso afirmaba) frecuente quejas de enfermeras y auxiliares, y de que la Junta de Personal sacara el tema algunas veces en sus reuniones con la Gerencia y Recursos Humanos.
En fin, en marzo de 1993 solicité y obtuve un traslado a la flamante Unidad del Dolor, recientemente creada, en la que médicos de diferentes especialidades y enfermeras funcionábamos de manera muy diferente a la tradicional que yo conocía, de una manera que hoy en día, cuando lo recuerdo, se asemeja bastante a lo que se pretende -o presume- ahora con las polémicas Unidades de Gestión Clínica.



FELICES VACACIONES (A QUIENES LAS TENGAN).

SEGUIMOS LA PRIMERA QUINCENA DE SEPTIEMBRE

(Enlace a la Segunda temporada, pinche aquí)


jueves, 30 de julio de 2015

Lectura de verano: historia de una enfermera (XVI)

La Jefa de Servicio de Nefrología, que para los pacientes era todo sonrisas, educación y calor, con el personal era una tirana. Tenía una sensación de propiedad personal sobre el servicio verdaderamente enfermiza. Desde lo físico, como puede ser dónde cuelgas la lista de teléfonos en el control o cómo colocas las cajas de sueros en el almacén, hasta las personas: era capaz de entrar chillando en el control y decirles a las auxiliares que el cuarto de sucio es una pocilga, que no saben hacer nada y que si ella dice que una caja se deja en tal sitio, se deja por sus cojones. Lo siento, pero era su refinado léxico.
O que ante las protestas porque alguien hubiera conectado a fulano antes que a mengano, te dijera desairada y en público que “si va a tener que dejar su consulta para que las cosas funcionen porque tú seas una negada”. Si tratabas de hacer algo que se saliera de su rutina, pero que para el paciente podría solucionar un problema e insistías, su respuesta era siempre la misma: “te he dicho que las cosas aquí no se hacen así y punto...”. No se mezcla con las enfermeras, todo el mundo la trata de usted y de doctora tal. Y si alguien no lo hace, se lo recuerda. Y por supuesto, si te la encuentras por un pasillo no esperes que te salude.
El trato era así con las enfermeras, pero también, si no peor, con los residentes. Que pasaron también su infierno particular... La médico encargada de la Sala, para mí era distinta. Recién acabada, gran diferencia. Escuchaba lo que le decías, aceptaba sugerencias, respondía preguntas, lo normal. Solo que estaba tan asustada ante la hidra de siete cabezas como el resto del personal. O más, dado que ocupaba la plaza de FEA como interina y era más sencillo cortarle la cabeza que al resto del personal.
Un detalle, a los galenos se les trataba de usted y de doctor. Pero ellos te llaman de tú. Hoy también sigue pasando en muchos hospitales o servicios. Son las propias enfermeras las que aceptan el trato desigual, todas tragan con la cabeza agachada. Esto era así y sigue siendo así, parece que no hay solución... Mira que la cosa es sencilla: o todos de usted o todos de tú. Vale que la gente tenga miedo, pero ahí la supervisión tendría que pegar un puñetazo en la mesa... por no decir en los morros de alguien.
Pero vamos, que en los hospitales era así en casi todos, si no en todos, los servicios. No en hemodiálisis sólo. Es la diferencia entre la especializada y la primaria. En la primaria tienes compañeros, en la especializada... farolas con bata.
Ah, ya te he adelantado que ahora estoy en primaria... No te queda nada hasta que lleguemos a eso…

[Próxima entrega, "El cuerpo sufriente (5)"]




miércoles, 29 de julio de 2015

Lectura de verano: historia de una enfermera (XV)

Capítulo VII
El 'cuerpo sufriente' (3)


Sé que tenía que hablarte del año y medio que desempeñé el puesto de supervisora de la Unidad, pero ahora me apetece más contraponer dos realidades y cómo un solo detalle puede significar pasar del cielo, al infierno (ser "alma mística" o "cuerpo sufriente", perdona por la broma).
Nos casamos y al poco él terminó la residencia. Pero en nuestro hospital, todas las plazas de adjunto estaban ocupadas. Trabajó discontinuamente y a tiempo parcial en un par de clínicas privadas, pero vimos pronto que allí su carrera no tenía futuro: los médicos adjuntos eran muy jóvenes y no era probable que se crearan más plazas a corto plazo. Y yo, además, estaba ya preparada para soltar amarras, me apetecía cambiar de escenario profesional y personal. Echó mano de algunos contactos y en unos meses encontró una interinidad que parecía bastante estable en el servicio de cardiología de un gran hospital de Madrid.
Costó encajarlo todo, también en lo laboral, pero entonces aún existían concursos de traslados y yo conseguí una comisión de servicios en otro hospital diferente de Madrid, hasta que unos meses después obtuve el traslado definitivo. Cuando me entrevistaron, vista mi experiencia de Diálisis y la poca demanda interna que había para cubrir las plazas de enfermera en esa unidad, empecé directamente en una que, en vez de ocho puestos, tenía 16. Justo el doble.
El trabajo era el mismo. Las compañeras, gente maja de toda España que habían acabado sacando plaza en Madrid. Mucho mejor dotada tecnológicamente; con una plantilla médica mucho más grande, instalaciones preciosas... pero un clima laboral terrible. Asfixiante. Deprimente e irritante.
¿Cuál era la diferencia? El Jefe de Servicio; más exactamente, la Jefa de Servicio.

[Próxima entrega, "El cuerpo sufriente (4)"]


martes, 28 de julio de 2015

Lectura de verano: historia de una enfermera (XIV)

Capítulo VII
El 'cuerpo sufriente' (2)

Si mi experiencia fue tan buena fue porque formábamos un equipo de enfermería muy competente y solidario, a diferencia de la unidad de la que me acababa de marchar (sin generalizar). Además, cuando recalé en hemodiálisis, el personal médico de la Unidad era un pequeño grupo de nefrólogos fantásticos. Fantásticos como médicos y fantásticos como jefes, como compañeros y como empleados. Al Jefe del Servicio le veíamos poco; en aquella época empezaban las litotricias extracorpóreas de nueva generación y le habían regalado los reyes magos del Insalud el juguetito, así que estaba bastante entretenido. Aun así, cuando pasaba por la Unidad se mostraba tan distante como respetuoso. No es poco.
Pero los adjuntos, un hombre y una mujer, sabían valorar nuestro trabajo. Primero, por motivos puramente egoístas, les liberaba a ellos de una responsabilidad y dedicación que les quitaría tiempo para atender a los pacientes ingresados y las consultas externas, pero también para hacer curriculum con proyectos de investigación, en muchos de los cuales nuestra información era crucial.
Lo más importante es que, tanto el Jefe como los adjuntos, confiaban en nosotras, sus enfermeras. Sí, Juan, aunque a algunas les dé repelús… Ellos eran nuestros médicos y nosotras sus enfermeras. Había una jerarquía un poco clasista, naturalmente, pero yo ya había aprendido que para una enfermera es tan importante saber lo que debe hacer, porque está preparada y autorizada para ello, como lo que no debe hacer porque no está preparada y/o autorizada. Y cuando ellos lo constatan, descansan con tu autonomía tanto como tú con dejar de notar su aliento todo el tiempo en el cogote.
Bien es cierto que todo esto es dinámico. Ayer no estás preparada, pero mañana igual sí. Y eso significa que cosas que ayer no podías hacer, pasado mañana (fíjate que no digo “mañana”: estas cosas llevan su tiempo), igual sí. Además, tienes a los residentes, con quienes se establece, si les dejan, una relación de quid pro quo: tú me enseñas, yo te enseño; tú me cubres, yo te cubro. Igual tú no, porque no eres del ramo, pero muchas compañeras ya conocen la situación de extrema dependencia de los residentes con respecto a las enfermeras y no solo el primer año, no te creas...
Ahora es cuando entra en escena lo personal. Estando ya en la Unidad de Hemodiálisis empecé a estrechar la relación con un médico residente de cardiología a quien ya conocía y con quien había pasado, de salir en grupo con otras compañeras, a salir alguna vez en privado. Era entonces R3, o sea que le quedaba uno o dos años de residencia en el centro.
La cosa fue a más... y a más... y a mucho más y como año y medio después decidimos unir nuestras vidas. Casarnos, naturalmente, mis padres siempre fueron muy tradicionales y aunque la religión hacía tiempo que no jugaba ningún rol en mi vida, no era cuestión de darles un berrinche. Él era vasco, del mismo Bilbao, y tenía un año menos que yo; era entonces 1990, o sea que 28 años. Yo, 29.

[Próxima entrega: "El cuerpo sufriente (3)"]


lunes, 27 de julio de 2015

Lectura de verano: historia de una enfermera (XIII)

Capítulo VII
El 'cuerpo sufriente' (1)


Recuerdo bastante bien una entrada en tu blog que se titulaba “El alma mística y el cuerpo sufriente”. Lo que te acabo de contar, seguro que lo encuadrarías como parte de esa “alma mística” tan querida a las teóricas de la enfermería (y a muchas almas cándidas que la pululan), pero sé que esperas que te hable también de ese “cuerpo sufriente” que tiene que ver con los muchos y malos inconvenientes de esta profesión. Muchos y malos, algunos muy malos.
Déjame que te ilustre uno de ellos a partir de mi experiencia personal. Para ello creo que tendré que aburrirte un poco más contándote algo más sobre mi biografía profesional, esta vez con un toque algo más personal.
Entré en aquella unidad de diálisis de mi pequeño hospital de provincias en mayo de 1987. Fue un traslado voluntario, consecuencia de una situación muy desagradable (a la que hoy que tanto gustan las palabras en inglés le llamarían mobbing) por parte de un médico adjunto que estaba un poco obsesionado, al principio por mí (no era un pibón, pero tenía mi aquel, no te creas), y luego, al ver que no caía rendida a sus pies (aunque casi cuando se quitaba los zuecos en las guardias, pero era por otras causas menos literarias), por hacerme la vida imposible.
Créeme, Juan. Si un médico le quiere hacer la vida imposible a una enfermera, esta está perdida; sea o no con algo de razón; ni sindicatos, ni junta de personal, ni dirección, ni leches. Solo podía ayudarte una de aquellas supervisoras de raza que eran capaces de pararles los pies porque inspiraban verdadero respeto, incluso a los médicos. Pero eran ya entonces una especie en peligro de extinción... Es igual, me fui y punto. Y me olvidé de él, de hecho no recuerdo ni su nombre.
Como habrás podido apreciar por mi relato, el trabajo en una unidad de Hemodiálisis es realmente duro, constante, exigente técnica y emocionalmente. No es mucho el personal de enfermería –incluyo a las auxiliares, que también llevaban lo suyo– que aguanta más de dos o tres años seguidos. Luego, algunas enfermeras acaban hasta volviendo, cuando se han alejado unos meses o años y han descansado en alguna consulta externa o así y les entra el mono de algo más intenso.


[Próximo capítulo: El cuerpo sufriente (2)]


sábado, 25 de julio de 2015

Lectura de verano: historia de una enfermera (XII)

Capítulo VI
Happyflowers



Yo no sé si alguna de las enfermeras, o de los alumnos a quienes eventualmente pudieras transmitir algunas de estas notas, me entenderá cuando te digo que aquella fue la época de mi vida profesional más plena. Fue cuando realmente entendí de una manera natural, sin necesidad de pesados pedantes que me lo recuerden cada dos por tres, el necesario equilibrio que tenemos que conseguir alcanzar las enfermeras entre la maestría técnica o científica y la humana o relacional. Y que si en estos escenarios por donde pasean de la mano la vida y la muerte, el dolor y el alivio, el llanto y la sonrisa, no te sale del corazón mirar a los ojos o apretar una mano... pues es algo que no cuesta tanto aprender como parte de tu trabajo, algo que tiene en sí poder terapéutico y sentido profesional.
Aquella gente, personas en una situación de extremada dependencia, siempre con miedos, angustias y padecimientos, difícilmente dejarán de despertar empatía y hasta, si no te suena demasiado... maternalista (creíste que iba a caer...), compasión. Aunque no te creas, también compartí sala con enfermeras, digamos, mas light: las happyflowers de labios pintados y peinado perfecto que leen el ¡Hola! y pasan de todo, también existen en las salas de hemodiálisis. Pero en general las enfermeras que conocí se sobreponían cada día al cansancio y la tensión porque entendían perfectamente el sentido de su quehacer profesional, algo que al lado del cansancio también dejaba un intenso sentimiento de satisfacción humana.

Ya sé que soy muy pesada (el "monotema de Aurora"...), pero cuando oigas a alguien repitiendo machaconamente que esta es una profesión vocacional, que o naces para ello o simplemente olvídate y dedícate a otra cosa, háblales en mi nombre de tantas enfermeras (y enfermeros) que recalaron en las escuelas de Enfermería porque no obtuvieron la nota de corte para estudiar Medicina; o porque ellos y sus padres no podían permitirse pagar una carrera de cinco o seis años; o porque, como en mi caso, estudiar lo que más les apetecía implicaba tener que alejarse de sus familias, amigos, ciudad, además de ocasionar unos gastos que requerirían privaciones familiares; y cuéntales cómo con esfuerzo y dedicación acabaron por entender y encarnar el sentido real de esta profesión, su magia y su poder, todo lo que la humanidad y las personas perderían sin ella. Y fueron excelentes enfermeras, de esas que a sus pacientes más cercanos les cuesta olvidar.

[Próxima entrega: el cuerpo sufriente (1)]


viernes, 24 de julio de 2015

Lectura de verano: historia de una enfermera (XI)

Capítulo V
El corazón de la enfermería (3)


(...) Y esto lo haces de lunes a viernes (y un sábado de cada tres). Día tras día. Con los mismos pacientes. Sabes perfectamente lo que te van a decir cuando entran, a los diez minutos, a la hora... a qué hora se marean, o les dan calambres... o a qué hora fulanito se pone agresivo. O menganita, que es más rara que un perro verde, dónde tienes que pegar las líneas, qué ángulo de visión quiere de la pantalla de la máquina. A quién no debes contestar... Quién te va a intentar colar un mareo para que lo conectes antes... Los lunes y martes (dependiendo del turno asignado) son un poco más complicados, han tenido "el fin de semana" que son dos días sin dializar y normalmente vienen con mucho líquido, lo que les hace estar más ahogados, y además tienes que intentar que en las tres sesiones que tienes esa semana por delante el paciente quede en el peso indicado por el nefrólogo. Los pacientes de HD son pacientes crónicos. Y cada vez son más mayores.
Son pacientes con miedo...
  • A los cambios: no les gusta que les cambies de cama, de máquina, de almohada, de tele. Necesitan su rutina para sentirse seguros, para controlar algo de lo que ocurre en SU entorno. El resto lo hace la enfermera.
  • Son hiperdependientes del servicio: cualquier cosa que les ocurra les genera gran ansiedad. Llaman a la unidad constantemente para consultar. Necesitan que alguien conocido les conteste. No pueden irse de vacaciones o celebraciones si no tienen un sitio en el que dializarse. Su vida gira alrededor de las diabólicas máquinas. Ahora, además, según me cuentan las más jóvenes, la edad ya no es un límite para entrar en un programa de diálisis, lo de la limitación del esfuerzo terapéutico se ha perdido.
  • No les gusta nada, nada, NADA la gente nueva: saben lo que conlleva un error. No es raro que se nieguen a que les conecte una enfermera nueva en el servicio. En verano o épocas vacacionales se nota en la sala un ambiente especial, porque conocen a todos los profesionales de la sala. Muchas horas, muchos días, meses, años... tienen que acudir tres veces en semana durante cuatro horas. Al final el límite profesional-personal se pierde. Son las mismas caras en los dos bandos.
En mi sala nunca se preguntaba por los muertos. Cuando llegan a su turno y la cama de al lado está vacía... nadie dice nada. Parece haber un pacto de silencio. Intentan parecer normales, que la vida sigue. No puedo ni imaginar la confusión y el temor que tienen dentro. Un igual desaparece... el siguiente... Y van cayendo... uno, otro, otro...
Les llevas viendo meses... y llega un día en el que no vienen: salvo las pocas, muy pocas, alegrías de aquellos que han podido recibir un riñón (o dos) donado, es porque están muertos o se decide que es momento de salir ya del programa. Sabes que en un máximo de una semana ya no estarán. Y les haces diálisis secas (que son para que no se ahoguen directamente) y les vas viendo... cómo se van. Eso sí, lo haces con todo el respeto y con toda tu profesionalidad para proporcionarle una muerte sin sufrimiento. Tienes en tus manos VIDA y MUERTE, no es una figura retórica... es la realidad. Das vida cuando entran por urgencias ahogados, les conectas y empiezan a respirar... y proporcionas cuidados a su cuerpo en el final. Les acompañas durante su paso por la unidad, mejor o peor. Esto es lo que te ocurre a nivel enfermero: ¿bueno o malo?, pues depende. En el fondo, no tienes ni voz ni voto, sólo realizas técnicas pautadas por un médico.
¿Qué puedes esperar de este trabajo? Lo primero y principal: NO MATAR A NADIE ESE TURNO. Eso todas lo llevamos en la mente. Necesitas tal grado de atención que afecta a todo el que pasa por allí. Cuando me destinaron a ese servicio tras una rudimentaria formación, que ni con mucho me pareció suficiente, me soltaron en una sala y me pusieron cuatro personas bajo mi ala. TODAS las enfermeras que conozco han soñado con embolias gaseosas, catéteres que manan litros de sangre, tapones mal apretados... o directamente no sueñan porque no pueden dormir. Luego aprendes a llevarlo (o disimulas mejor) y, llegado el momento, afecta a tu vida personal el estrés que llevas todos los días.
El Servicio de Hemodiálisis de un hospital, es un servicio "cerrado". No te relacionas con nadie de fuera. Los pacientes son siempre los mismos. Haces una serie de técnicas una y otra vez, puedes ser un maestro haciendo eso, puedes dedicarte a hacer estudios sobre ello. Luego los presentas en el congreso nacional que se hace anualmente. El resto se olvida. Está altamente jerarquizado, primero Dios, luego los dioses menores... el resto las hormiguitas (personal enfermero).
[Próxima entrega, "Happyflowers"] . 

jueves, 23 de julio de 2015

Lectura de verano: historia de una enfermera (X)

Capítulo V
El corazón de la enfermería (2)


(...) Pasa visita el médico. Tienes que estar al loro y revisar nuevamente todo lo que haya escrito en la pauta de diálisis para hacer los cambios, tanto en la programación de la máquina como en su medicación. Le explicas al paciente lo que proceda. O a la familia, que teniendo en cuenta que una gran parte son ancianos que no se enteran de nada... esa es otra tarea. Entre todo esto, hablas con tus pacientes: si su hija ha hecho tal, si su marido cual, si la fístula va bien... Intentas hacer un poco de educación sanitaria en lo que respecta a su enfermedad. O simplemente le dedicas un poco de tu escasísimo tiempo. Si ves algo raro, intentas hablar con la familia, o con el trabajador social. Cada vez que pasas por su lado, le llamas por su nombre para comprobar que "sigue en este mundo".

Va pasando la sesión y los pacientes van languideciendo como lechuguillas... Entran (si se puede decir así y con todo mi respeto) tersos y despejados y la máquina les va chupando la vida (aunque sea la que les permite seguir en ella). Están más ojerosos, cansados. Sus caras y su ánimo lo reflejan fielmente. Y las máquinas siguen pitando... Tú sigues rellenando gráficas... Se va acercando la hora de la desconexión, preparas nuevamente el material necesario para volver a montar la máquina, ya que al desconectar al que la ocupa se vuelve a conectar a otro. La sala no para hasta las diez de la noche, si todo va bien (si va mal, sufrirá las consecuencias la enfermera del pool que tendrá que dializar al que quede).

Como has conectado a todos los pacientes a la vez, pues matemáticamente te salen todos a la vez. Así que nuevamente empiezan las carreras... fin de tratamiento, comienza la desconexión, las diabólicas máquinas comienzan nuevamente a pitar. Retornas al paciente con sumo cuidado (no te lo vayas a cargar ahora que lo has dejado seco y relimpio por dentro), le pones la medicación intravenosa pautada y sellas su catéter o desconectas su fístula. Si tienes tiempo le acompañas al peso y comentas como ha ido la sesión. Y hasta pasado mañana...

Inmediatamente comienza la preparación de la sala para los nuevos pacientes que ya están esperando fuera para entrar. Vuelves a montar la máquina, a purgar, a comprobar, a preparar... y entran tus siguientes pacientes... y vuelta a empezar... así hasta que llega el relevo. La enfermera que te da el relevo llega a las tres, le cuentas lo que hay, cómo ha empezado la sesión el paciente al que dejas y si hay cambios... y te vas a tu casa.


[Próximo capítulo: "El corazón de la Enfermería (3)"]


miércoles, 22 de julio de 2015

Relato de verano: historia de una enfermera (IX)

Capítulo V
El corazón de la enfermería (1)

Ya te he puesto un poco en contexto aquellos años, no porque no los conozcas bien (entonces andabas todavía trabajando en la Sanidad Pública según cuentas en tu CV), sino porque me sirve a mí para recuperar sensaciones, colores y sentimientos. Te dije antes de manera bastante enfática que yo aprendí a ser, y me descubrí como, verdadera enfermera, en una unidad de hemodiálisis. Puede que te decepcione; estas unidades están altamente tecnificadas, medicalizadas y llenas de aparatos, sensores y calibres que, como verás, acaban mandando sobre ti, igual no son tan enfermeras como las de atención primaria con toda su libertad... Si me dejas, te lo cuento con bastante detalle porque para alguien que no es sanitario debe ser difícil hacerse una idea de lo que pasa dentro de esas paredes:
Llegas a la unidad media hora antes de las ocho de la mañana (que es cuando en realidad empieza el turno que te pagan), arrancas los tanques de agua, enciendes todos los riñones artificiales y comienzas a montar los circuitos de los puestos que tienes que llevar esa mañana. Las normas dicen que debes llevar cuatro pacientes, máximo, a la vez. Preparas esas cuatro máquinas, comprobando todos los sistemas de seguridad que tienen y asegurándote que está todo correcto. Empiezas a sudar... alguna de las diabólicas máquinas no quiere pasar los test... tienes que solucionarlo antes de que empiece la sesión.
A las ocho y cuarto aparecen los pacientes, entran a todas las máquinas de la sala, con lo que se forman los primeros líos. Se pesan, para ver cuánto líquido traen, y se dirigen a sus camas los que pueden andar y a los que no pueden se les lleva en silla o camilla. En la sala todo es rutina, cada uno sabe en qué máquina va. No les gusta demasiado cambiar. Se meten en la cama en camisón o pijama y esperan a que les llegue el turno para la "conexión". Desde su postrada posición saben qué enfermera les toca y dependiendo de si le conectas el primero o el último, les va cambiando la cara.
Te acercas al primer paciente y le haces una pequeña entrevista para conocer qué ha pasado desde la sesión anterior (síntomas, cambios, novedades), calculas lo que tienes que "quitarle" (líquido que debe eliminar la máquina) y junto con la orden médica de diálisis, programas la máquina. Te enfundas en tu traje estéril y comienza la conexión... Primero: ¿funcionará el catéter? o ¿acertarás en los pinchazos de la fístula?. Este es un momento tenso para los dos. Lo más valioso que tiene el paciente, que son conscientísimos de ello, es SU catéter o SU fístula (FAVI). Si todo va bien, conectas las líneas... y se inicia la diálisis. El paciente respira (tú más), se acomoda, se pone la tele o lee o lo que le apetezca. Por delante quedan cuatro horas de toma de constantes y posibles complicaciones: mareos, calambres y sonidos de alarmas de la máquina a la que está conectado. Si has hecho algo mal, la cagas (con perdón). Si programas mal el peso, lo crujes a calambres, o le dejas con líquido (con lo que volverá por urgencias con un edema agudo de pulmón) o acabará patas arriba con una hipotensión (pero de las de verdad, no de las de ¡ay! que me mareo un pelín...). Si la máquina no está bien preparada, directamente te lo cargarás por un embolismo gaseoso.
Si todo ha ido según lo previsto, a la media o tres cuartos de hora tendrás a tus pacientes conectados. Cuatro personas dependen de la atención que tú pongas en lo que estás haciendo. Si se te pasa algo, te los cargas. Esto no es que le pinches el ciático si no calculas bien la mitad del culo... Ya llegamos a las diez de la mañana, nuevamente control de constantes y más vigilancia. Empiezas a rellenar papeleos, analíticas... y empiezan a sonar las máquinas, que si aire en el sistema, que si aumento de la presión, que si no tiene flujo de sangre, que si fulanita ya se marea o menganito tiene calambres (...)

[Próximo capítulo: "El corazón de la Enfermería (2)"]

martes, 21 de julio de 2015

Relato de verano: historia de una enfermera (VIII)

Capítulo IV
El desmoronamiento de un sueño (3)

Como a partir de aquel momento los colegios siguieron la estrategia de dedicarse a sus cosas y desentenderse de la profesión, Satse se convirtió en el referente profesional por excelencia. Por cierto, con bastante eficacia, al menos a corto plazo. En 1988 las huelgas enfermeras se tradujeron en un incremento lineal de más de 15.000 pesetas mensuales (casi 100 euros) y en 1992 hubo una nueva subida salarial cuyo importe ahora no recuerdo. Los sindicatos de clase (Comisiones y UGT especialmente) fueron barridos entre las enfermeras por el sindicato corporativo, al que, curiosamente, no le costó nada presentarse a las elecciones sindicales en coalición con el mismo sindicato médico que cada vez que se aprobaba alguna medida beneficiosa para la Enfermería la impugnaba en los tribunales de justicia: pura contabilidad electoral.
A partir de entonces, nuestras expectativas ya no eran de estatus, presencia o desarrollo, sino de condiciones laborales, retribuciones y plantillas. Y, naturalmente, la gasolina se acabó pronto. El tren de alta velocidad enfermero, que había alcanzado una velocidad de crucero de 320 kilómetros por hora, frenó tan en seco con esta pérdida de ilusión que dio paso a una severa depresión colectiva, de la que tardaríamos muchos años en despertar... si es que lo hemos hecho. Empezó nuestra travesía del desierto.
Ah, por cierto, entre el adorado matrimonio de conveniencia con separación de bienes que conformaban el Consejo General de Enfermería y el sindicato Satse, una vez consolidados en el poder, surgieron diferencias "irreconciliables" y, creo que fue como en 1993, sufrieron un traumático divorcio que ha durado hasta hace bien poco. También en aquella época empezó el presidente del Consejo a tirar puertas y cambiar cerraduras de los colegios que empezaron a discrepar de su deriva autoritaria y de su política de cuotas, pero ese es otro tema que controlas tu mucho mejor que yo.

Como en los mejores matrimonios que pasan una crisis (bien es cierto que no son usuales las de 20 años, pero el amor es así…) Satrse y el Consejo descubrieron que era más práctico para sus comunes intereses privados un matrimonio de conveniencia que el airado distanciamiento de culebrón.

Y ahora Víctor Aznar Marcén y Máximo Antonio González Jurado son de nuevo íntimos enemigos, ya ves tú, Juan. Pero qué te voy a contar que no sepas y no nos hayas recordado ya tantas veces...

Bueno, mañana sigo con la biografía de esta humilde enfermera Aurora, para que no digas que siempre me entretengo en los entresijos histórico-políticos de "abuela cebolleta". Te hablaré de lo que más me gusta a mí, mi profesión, mi día a día con los pacientes, mis ¿esencias? enfermeras.





lunes, 20 de julio de 2015

Lectura de verano: historia de una enfermera (VII)

Capítulo IV
El desmoronamiento de un sueño (2)



Descrédito total, pues, de la vieja vanguardia enfermera. ¿Y quiénes crees que salieron a sustituirles? Los dinosaurios que estaban emboscados, echando gasolina al fuego entre güisqui y güisqui, esperando su momento; los ATS, casi todos del sexo masculino, expulsados muchos de ellos de sus reinos de taifas: los laboratorios y salas de rayos en las que no daban un palo al agua y estaban siendo sustituidos por los FP2. Formaron un sindicato en 1985, creo, al que en una evidente declaración de intenciones (alguien diría que provocación), dieron el nombre de SATSE: Sindicato de ATS de España. ¡Ateeses... en 1986!
Por si faltara algo, estos personajes se dieron cuenta de dónde estaba el poder y los recursos: en los colegios profesionales a los que todas las enfermeras teníamos obligación de estar afiliados y pagar religiosamente las cuotas.
¿Recuerdas que te hablé como algo muy positivo que las enfermeras, por fin, podían acceder al profesorado, como personal funcionario, en las escuelas de Enfermería? Pues a finales de los años ochenta y primeros de los noventa se produjo una verdadera diáspora en nuestra vanguardia profesional, la que había impulsado el gran salto adelante de la enfermería en los ochenta, desde la asistencia hacia la docencia en la universidad. Abandonando, como daño colateral, los colegios profesionales. Entre ellos la presidenta de mi Colegio, que, harta de tanto disparate, aprovechó la ocasión y pudo optar a una plaza de profesora titular en la Universidad de Sevilla.
De manera que los colegios de Enfermería fueron tierra de botín para este sector profesional: paradoja de paradojas, las viejas élites dieron paso... a otras mucho más viejas. Gracias a nosotros, los colegiados, que decidimos pasar de todo, no solo de formar candidaturas sino incluso de ir a votar, y dejamos los colegios en sus manos con el pequeño puñado de votos que les dieron los sectores más reaccionarios de la profesión. Y ahí siguen mayoritariamente, más de 25 años después; una desgracia para la profesión si me permites mi opinión, porque, nos guste o no, hablan, debaten y negocian en nuestro nombre quienes no aman ni defienden a nuestra profesión, sino solo sus intereses de grupito.

(Ah, como nueva Directora de Enfermería de mi hospital fue nombrada la Adjunta de la antigua y denostada Jefa de Enfermeras. A su predecesor, el de la UGT, le colocaron en la Consejería en comisión de servicios con la condición, como en los trenes, de asomarse con cuidado al exterior.)






sábado, 18 de julio de 2015

Relato de verano: historia de una enfermera (VI)

Capítulo IV
El desmoronamiento de un sueño (1)


Lo primero que me chocó, a mí y creo que a muchas enfermeras más, cuando nombraron, para sustituir a la avinagrada Jefa de Enfermeras, a nuestra flamante Directora de Enfermería... es que no era directora, sino director. Un tipo majete, de la UGT de toda la vida, supervisor de consultas externas... A pesar de que es sabido que a los cargos se debería venir meado y formado, la formación gestora y directiva del caballero tendía a cero. Así que lo primero que hicieron fue pagarle un máster en la Escuela Nacional de Sanidad, en Madrid, a donde acudía una semana al mes... casi diría que un descanso para él... y para todos nosotros.
Nombró rápidamente a su equipo, en el que incluyó algún profesional de prestigio (la Presidenta del Colegio a la que me referí antes, como Subdirectora de Docencia y Formación Continuada). Y para completar el organigrama a su imagen y semejanza, cambió el sistema de selección de las supervisoras: en un alarde de modernidad, lo pasó de analógico, a “digital”.
Se olvidó rápido de sus orígenes sindicalistas y se convirtió en el más fiero ejecutor de las políticas dictadas por el equipo catalán que había desembarcado en el Insalud: movilidad interna forzosa; concursos de traslados reducidos al mínimo; fuera los turnos fijos de noches; trabajar un sábado al mes para cumplir a rajatabla las 37,5 horas semanales del Estatuto; fichar a la entrada, a la salida, en el desayuno, casi para ir al baño; ¿tanto permiso para cursos y actividades formativas?: al mínimo; cambio del sistema retributivo...
Y además, por cierto, las nuevas políticas se habían planteado como un objetivo básico terminar con una situación que consideraban demasiado acomodaticia en cuanto a la estabilidad en el empleo: entendieron que era mucho más conveniente disponer de mano de obra precaria y que no tuviera una expectativa tan prometedora para su vida laboral, de manera que, aprovechando la corriente estandarizadora que supuso la Ley de Función Pública de 1984, y siempre sin derogar unos estatutos de personal de los años sesenta (que siguieron vigentes con sus correspondientes parches hasta 2002), acabaron con el Concurso Abierto y Permanente (aunque seguiría coleando unos cuantos años, en algunos sitios casi hasta los noventa), establecieron el concurso-oposición como sistema universal de acceso a las plazas fijas y crearon un verdadero ejército de muchos miles de enfermeras (y auxiliares, médicos, celadores, administrativos...) con empleos precarios –“hoy te contrato aquí tres meses, mañana te mando allí dos, pasado cobra el paro hasta Navidad, que se han acabado las suplencias de verano”–, de manera que el sueño más preciado ya no era obtener una plaza fija, sino una interinidad, situación temporal pero mucho más estable, al menos permanecías unos meses en el mismo centro.
Pregunta a tu auditorio más joven si se creían que esto se ha inventado ahora, expresamente para ellos. Ingenuos...
En fin, los ánimos se iban caldeando. Nuestros antiguos líderes se habían acostumbrado rápido a firmar las facturas de los restaurantes para que las pagara el Centro y a viajar a costa del contribuyente a congresos y otros eventos. Mientras tanto, nosotros, los curritos, estábamos cada vez más asfixiados por unas políticas agresivas que, para más inri, eran aplicadas por ellos, los antiguos líderes progresistas y sindicalistas enfermeros.

¿Qué sucedió? Lo normal, te lo cuento en un solo párrafo, no te me atragantes: los antiguos líderes profesionales y sindicales se convirtieron en la bicha, alguno de ellos, y esto es rigurosamente cierto –pasó en el Hospital 12 de Octubre de Madrid, entonces "1 de Octubre" (para conmemorar el "Día de la Exaltación del Caudillo a la Jefatura del Estado")–, tuvo que salir por la ventana de su despacho (afortunadamente, en una planta baja) perseguido por decenas de enfermeras que querían cortarle... la salida (y algunos algo más, creo).





viernes, 17 de julio de 2015

Lectura de verano: historia de una enfermera (V)

Capítulo 3
La hiperactividad del principiante

[Ver la primera entrega pinchando aquí; la segunda aquí; la tercera aquí; y la cuarta aquí]


Nos quedamos, creo, cuando, en 1987 obtuve, tras unos cuatro años de empleos temporales o interinos, mi plaza fija. Ni quieras que te cuente los destinos por los que pasé en esos cuatro o cinco años, hasta que aterricé en esa bendita Unidad de Hemodiálisis, en la que permanecí desde 1987 hasta 1991, y desde 1989 como supervisora.
Pero no anticipemos acontecimientos, aún quedan unos pocos años de “precariedad”. Curiosamente, en esta corta, que entonces me pareció muy larga, época de contratos temporales encadenados fue donde mi vocación enfermera y mi conciencia profesional se fueron asentando. Ya te dije que al principio, a mí la enfermería, bien pero ni fu ni fa: unos estudios cómodos, un trabajo estable y para toda la vida, unas áreas de trabajo con un fuerte perfil femenino y una profesión en la que estaba todo por crear. Porque, de alguna forma, siempre creí que la Enfermería tenía mucho futuro; no sé muy bien por qué pero así lo creía entonces. Y aún lo sigo creyendo, aunque ahora con menos pasión y más raciocinio.
Pasé por todo tipo de unidades: consultas ambulatorias, radiología, pediatría, intensivos, infecciosos... Estuve meses inyectando contrastes en medicina nuclear y hemodinámica, poniendo yesos en consultas de trauma, pastoreando -hoy se llama triage y se discute si las enfermeras están preparadas para ello, jeje- en urgencias... hasta que recalé en Hemodiálisis. Estuve ahí uno, dos, tres años... y este acabó siendo el lugar en el que mi vocación enfermera afloró de manera definitiva. Para que no te queden dudas, yo me hice enfermera de verdad en hemodiálisis.
Además, todo hay que decirlo, me liberé después de cuatro años de los fastidiosos turnos de noche, aunque no, claro, del trabajo en festivos: la insuficiencia renal no conoce festivos ni moscosos. “Moscosos” que, por cierto, acababan de ser creados por el ministro Javier Moscoso el 21 de diciembre de 1983. Toma Wikipedia...
Pensando ahora en aquellos tiempos, de dónde demonios sacaríamos las enfermeras la absurda, aunque gozosa, idea de que las Direcciones de Enfermería recién creadas iban a ser nuestras aliadas incondicionales frente al poder médico en los hospitales... El Insalud, que era nuestra empresa, estaba tratando de transformar la cultura de los centros y el personal sanitario a través de lo que se llamaba Nuevo Modelo de Gestión. Y no concibieron las direcciones de enfermería como un eslabón en el proceso de emancipación enfermera, sino como un órgano a través del cual vehicular la cadena de mando de manera más eficaz.
Mañana te cuento mi experiencia con nuestra flamante "Directora de Enfermería".




jueves, 16 de julio de 2015

Lecturas de verano: historia de una enfermera (IV)

Capítulo II (3)
Ser enfermera en la España de los ochenta: el lustro de oro

[Ver la primera entrega pinchando aquí, la segunda, aquí y la tercera, aquí]

En la anterior carta te comentaba el enorme avance experimentado por nuestra profesión durante los primeros ochenta. Fíjate:
  • Se había convertido en profesión universitaria, de hecho la mía (1982) fue la segunda promoción de diplomadas universitarias en Enfermería. Además, se posibilitó una homologación bastante asequible del título de ATS por el de DUE a todas las enfermeras que hubieran estudiado con anterioridad. Un sueño apenas unos años antes, que todas las enfermeras españolas fueran universitarias.
  • Se crearon direcciones de enfermería, al mismo nivel que las direcciones médica y de gestión, todas ellas iguales bajo las órdenes de un mismo gerente. Las vetustas Jefas de Enfermeras, a menudo monjas sin apenas formación, habían dado paso a unas relucientes Direcciones de Enfermería. Nos sentimos muy orgullosas aunque, la verdad, a la mayoría de los médicos no les hizo mucha gracia...
  • Se había estructurado la Profesión Enfermera en tres niveles: enfermeras, técnicos especialistas y auxiliares de clínica, lo cual nos permitió a las enfermeras:
  • Por un lado, centrarnos en las tareas de cuidados más cualificadas, dejando a las auxiliares las más “domésticas”.
  • Y por otro, ayudarnos a centrar nuestro trabajo en los cuidados al paciente, asumiendo los técnicos especialistas en laboratorios, rayos, etc. otras funciones que, aunque desempeñadas tradicionalmente por enfermeras (más bien por enfermeros), no eran esencialmente cuidados de enfermería.

  • También sucedió algo muy importante que no se suele mencionar, y es que nos fuimos liberando progresivamente del papel de secretarias del médico en las consultas externas hospitalarias y los ambulatorios, gracias a la aparición del grupo de Auxiliares Administrativos de Instituciones Sanitarias. No dejamos del todo las consultas, pero ya no nos limitábamos a preparar pulcramente las historias clínicas en la mesa del doctor, llamar a los pacientes desde la puerta y rellenar las recetas según las iba ordenando el médico para que él mismo las firmara.
  • Comenzó, además, el desarrollo de la Atención Primaria y eso supuso poco a poco, enlazando con lo anterior, que aparecieron las consultas de enfermería en los centros de salud. Ahora, casi 30 años después, nos parece medio normal, pero entonces fue una verdadera revolución: ¡estaba casi siempre nuestro nombre escrito en la puerta de las consultas y teníamos ‒más o menos nuestros propios pacientes!
  • En 1983, la Ley de Reforma Universitaria pone las bases para terminar con una situación absurda; hasta entonces, la formación básica de las enfermeras quedaba casi por completo en las manos de otras profesiones (vamos, de los médicos sobre todo). La creación de la figura del Profesor Titular de Escuela Universitaria, sin la exigencia previa de un doctorado al que no se podía acceder desde la diplomatura, puebla las escuelas de enfermería de enfermeras en puestos docentes estables y permite introducir pensamientos y discursos, teorías y conceptos, modelos y metodologías propias de nuestra profesión que antes quedaban inevitablemente ausentes. La formación de las futuras enfermeras quedaba, con el auxilio de otras profesiones cuando así se requisiera por los contenidos, como es lógico, en manos de enfermeras.
  • Finalmente, ya en 1987, se aprobó la Ley que creaba unas especialidades enfermeras modernas. Es cierto que ya existían especialidades que se habían ido creando por sucesivas órdenes ministeriales, incluso que las matronas poseían ya una cierta legitimidad histórica, pero hasta entonces las especialidades enfermeras seguían un esquema imitativo médico, típico de ayudantes técnicos especializados del médico. Aquel decreto (con todos los errores que pudo tener, de acuerdo) abría la puerta a la generación de verdaderas enfermeras especialistas. Las expectativas, desde aquel momento, se frustraron, pero ese es un tema del que te hablaré más adelante.
Las élites enfermeras de la época (lo que tú, Juan, sueles llamar las “madres fundadoras”) tenían un inmenso prestigio: en primer lugar, político, ganado a pulso por su gran compromiso con la democracia; pero también intelectual, fruto de sus aportaciones a la construcción de un Sistema Nacional de Salud que echó a andar en 1986, con la Ley General de Sanidad; entonces, no como ahora, eran muchas las enfermeras que, como asesoras y también en puestos ejecutivos, formaban parte de ministerios y consejerías. Y, finalmente, también tenían un gran prestigio profesional, por su fuerte apuesta por una enfermería moderna en un país que recién salía de la boina sanitaria: lideraron de verdad a la enfermería para llegar a ser una voz fundamental, poderosa. Por ello, las enfermeras eran escuchadas y sus líderes, calurosamente recibidos en todos los foros. Otros tiempos, sin duda. Creativos, efervescentes, una verdadera edad de oro de la enfermería española... hasta que, de pronto, empezaron a fallar las cosas.

Ya volveré sobre estos apuntes históricos. Pero déjame que te cuente ahora cómo se había ido desarrollando mi prometedora carrera profesional.